Diego, 22 años, Painted World of Ariamis

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Info

-I was a soldier, not a scientist. Skilled in one art: killing.
-What was your mission?.
-Among my people, there were... avatars of many traits: bravery, strength, cunning. A single exemplar for each.
-Which are you?.
-The embodiment of vengeance. I am the anger of a dead people, demanding blood be spilled for the blood we lost. Only when the last reaper has been destroyed will my purpose be fullfilled. I have no other reason to exist. Those who share my purpose become allies. Those who do not become casualties.
-Nothing in our fight against the reapers has been that cut-and-dried.
-Because you still have hope that this war will end with your honor intact.
-I do.
-Stand in the ashes of a trillion dead souls, and ask the ghosts if honor matters.
-...
-The silence is your answer.
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-How did you survive...?
-I didn't have a choice. I had to live. I wanted to come home to you. So... I sang your song. Our song.
______________________________________________________________________________________
A world, surface of white.
...
Snow...
Yes, snow.
continuing to fall down even now, it covers my body in white.
ahhh...
What am i doing in such a world...?
Since when have i been alone in this place?.
...
Buried in snow... was my hand.
That hand was holding something.
i pull it up.
A hand of pure white.
It was a girl's hand.
Ahhh... that's right...
I was not alone.
I brushed off the snow covering her face.
Her figure which slept quietly, surfaced.
That's right...
We were always together...
In this world.
In this sad, lonely world.
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Ay, Ned, ¿por qué tuviste que enterrarla en un lugar como éste? —Tenía la voz ronca por el dolor rememorado—. Se merecía algo mucho mejor que la oscuridad...
—Era una Stark de Invernalia —dijo Ned con voz suave—. Éste es su lugar.
—Debería estar enterrada en alguna colina, bajo un árbol frutal, con un techo de sol y nubes, donde la pudiera acariciar la lluvia...
—Yo estaba con ella cuando murió —recordó Ned al rey—. Quería volver a casa y descansar entre Brandon y nuestro padre.
Todavía le parecía recordar su voz algunas veces.
«Prométemelo —le había suplicado en una habitación que olía a sangre y a rosas—. Prométemelo, Ned.» La fiebre le había arrebatado las fuerzas, y su voz era débil como un susurro, pero cuando Ned le dio su palabra el miedo desapareció de los ojos de su hermana. Recordaba cómo le había sonreído, con cuánta fuerza le había aferrado la mano mientras dejaba de resistirse a la muerte, cómo se le habían caído de entre los dedos los pétalos de rosa, negros y marchitos.
Después de aquello ya no recordaba nada. Lo habían encontrado muy quieto, mudo de dolor, abrazado a Lyanna. Howland Reed, el menudo lacustre, había desentrelazado las manos de los hermanos. Ned no recordaba nada de aquello.
—Le traigo flores siempre que puedo —dijo—. A Lyanna... le gustaban las flores.
—Juré matar a Rhaegar por esto —dijo el rey después de tocar la mejilla de la estatua y acariciar la piedra áspera como si ésta tuviera vida.
—Y lo hicisteis —señaló Ned.
—Sólo una vez —dijo Robert con amargura.
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"—Aguja no se romperá —dijo Arya desafiante, aunque el temblor en la voz traicionaba sus palabras.
—Vaya, así que tiene nombre, ¿eh? —Su padre suspiró—. Ay, Arya. Tienes algo de salvaje, hija. Mi padre lo llamaba «la sangre del lobo». Lyanna tenía un poco de eso, y mi hermano Brandon mucho. A los dos los llevó a morir jóvenes. —La niña captó la tristeza en su voz; no acostumbraba hablar de su padre, ni de sus hermanos, que habían muerto mucho antes de que ella naciera—. Lyanna habría llevado una espada si mi padre lo hubiera permitido. A veces me recuerdas a ella. Hasta te le pareces.
—Lyanna era hermosa —dijo Arya, extrañada. Eso lo decía todo el mundo. En cambio nadie lo decía de ella.
—Cierto —asintió Eddard Stark—. Hermosa y voluntariosa, y murió joven."
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La capucha le ocultaba el rostro, pero Jaime veía la danza de las velas en los estanques verdes de sus ojos.
-Hermana -dijo-, ¿qué quieres de mí?
La última palabra resonó por todo el septo, mimimimimimimimimimimimimimí.
-No soy tu hermana, Jaime. -Alzó una mano pálida y suave, y se echó la capucha hacia atrás-. ¿Me has olvidado?
«¿Cómo voy a olvidar a alguien a quien no he conocido?»
Las palabras se le atravesaron en la garganta. La había conocido, pero hacía tanto, tanto tiempo...
-¿También vas a olvidar a tu señor padre? Aunque dudo que lo conocieras de verdad. -Tenía los ojos verdes y el cabello de oro hilado. No habría sabido decir cuántos años tenía. «Quince, o tal vez cincuenta.» La mujer subió por los peldaños que llevaban al féretro-. No soportaba que se rieran de él. Era lo que más odiaba en el mundo.
-¿Quién eres? -Quería oírselo decir.
-Deberías preguntarte quién eres tú.
-Esto es un sueño.
-¿Tú crees? -Le sonrió con tristeza-. Cuéntate las manos, pequeño.
Una...
Una única mano cerrada en torno a la empuñadura de la espada. Sólo una.
-En mis sueños siempre tengo dos manos.
-Todos soñamos con cosas que no podemos tener. Tywin soñaba que su hijo sería un gran caballero, que su hija sería reina. Soñaba que serían tan valerosos, fuertes y hermosos que nadie se reiría de ellos jamás.
-Soy un caballero -le dijo- Y Cersei es la reina.
Una lágrima rodó por la mejilla de la mujer. Volvió a cubrirse con la capucha, y le dio la espalda. Jaime la llamó, pero ya se alejaba de él.
«NO ME DEJES» habría querido rogarle, pero por supuesto, hacía mucho que lo había dejado.
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–Dejadnos a solas, capitán.
Hotah golpeó el suelo con el mango de la alabarda, dio media vuelta y salió.
–Dije que pusieran un tablero de sitrang en tus habitaciones -le dijo su padre cuando se encontraron a solas.
–¿Y con quién iba a jugar?
«¿Por qué habla de un juego? ¿Es que la gota le ha reblandecido el seso?»
–Contigo misma. A veces es mejor estudiar un juego antes de empezar una partida. ¿Hasta qué punto lo conoces, Arianne?
–Lo suficiente para jugar.
–Pero no para ganar. A mi hermano le gustaba la lucha por el puro placer de luchar, pero yo sólo juego cuando puedo ganar. El sitrang no es para mí.
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«No sabes nada, Jon Nieve», le habría dicho Ygritte.
«Sé que voy a morir —pensó él—. Al menos, eso lo sé.»
«Todos los hombres mueren. —Casi podía oírla—. Y las mujeres también, y todo animal que vuela, nada o corre. Lo que importa no es cuándo se muere, sino cómo, Jon Nieve.»
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Dywen dice que tendriamos que aprender a montar caballos muertos, como hacen los otros. Asi nos ahorrariamos el forraje. No creo que un caballo muerto coma mucho. --Edd se volvio a anudar los calzones--. La verdad es que no me parece una idea tentadora. En cuanto aprendan a poner a trabajar a un caballo muerto, luego iremos nosotros. Y seguro que yo el primero.
>>--Edd-- me diran--, lo de estar muerto no es excusa para quedarse ahi tumbado sin hacer nada, asi que levantate y coge la lanza, que esta noche te toca guardia.
>>Bueno, no hay por que ser tan pesimista. Puede que muera antes de que sepan como hacerlo.
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Aguja era Robb, Bran, Rickon, su madre y su padre, hasta Sansa. Aguja era los muros grises de Invernalia y las risas de sus habitantes. Aguja era las nieves de verano, los cuentos de la Vieja Tata, el árbol corazón con sus hojas rojas y su rostro aterrador, el cálido olor a tierra de los jardines de cristal, el sonido del viento del norte contra los postigos de su habitación.
Aguja era la sonrisa de Jon Nieve.
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Se dice que en una ocasion Muad'Dib, al ver un hierbajo intentando crecer entre dos rocas, aparto una de ellas. Luego, Cuando lo vio florecido, lo aplasto con la piedra. "Este era su destino", explico.
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--Jaime--susurro Brienne, con voz tan queda que pensó que estaba soñando--. Jaime, ¿que haceis?.
--Morirme-- susurro a su vez.
--No--dijo ella--. no, teneis que vivir.
Le habria gustado echarse a reir.
--dejad de decirme lo que tengo que hacer, moza. Me morire si me place.
--¿Tan cobarde sois?
El mero sonido de la palabra lo conmociono. El era Jaime lannister, caballero de la Guardia real, el matarreyes. Jamas lo habian llamado cobarde. otras cosa, si: renegado, mentiroso, asesino... Decian que era cruel, traicionero y despiadado. Pero cobarde, jamas.
--¿Que puedo hacer, aparte de morir?
--Vivir--replico--. Vivir, pelear y vengaros.

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Casi todos son gente sencilla, hombres del pueblo que nunca habían estado a más de media legua de la casa en que nacieron hasta que un día, un señor cualquiera se los llevo a la guerra. Mal vestidos y mal calzados, marchan tras sus estandartes, a veces sin más armas que una guadaña o una hoz, o una maza que se han hecho ellos mismos atando una piedra a un palo con tiras de cuero. Los hermanos marchan con los hermanos; los hijos, con los padres; los amigos, con los amigos. Han oído las canciones y las anécdotas, así que caminan con el corazón anhelante, soñando con las maravillas que verán, con las riquezas y la gloria que conseguirán. La guerra les parece una gran aventura, la mayor que vivirá la mayoría de ellos.
Luego prueban el combate.
Algunos se quiebran nada más probarlo. Otros aguantan años, hasta que pierden la cuenta de las batallas en que han intervenido, pero alguien que sobrevive a cien combates puede quebrarse en el ciento uno. Los hermanos ven morir a sus hermanos, los padres pierden a sus hijos, los amigos ven a sus amigos tratar de volver a meterse las tripas después de que los haya rajado un hacha.
Ven caer al señor que los llevó allí y, de repente, otro señor les grita que ahora lo sirven a él. Reciben una herida y, cuando todavía la tienen a medio curar, reciben otra. Nunca tienen comida suficiente; el calzado se les cae a pedazos de tanto caminar; la ropa se les desgarra y se les pudre, y la mitad se caga en los calzones porque ha bebido agua que no era potable.
Si quieren unas botas nuevas, una capa más caliente o, tal vez, un yelmo de hierro oxidado, tienen que quitárselo a un cadáver; no tardan en robar también a los vivos, a los aldeanos en cuyas tierras luchan, a hombres como los que eran antes ellos mismos. Les matan las ovejas y les roban las gallinas, y de ahí a llevarse también a sus hijas sólo hay un paso. Y un día miran a su alrededor y se dan cuenta de que todos sus parientes y amigos han desaparecido, de que luchan al lado de desconocidos y bajo un estandarte que ni siquiera identifican. No saben dónde están ni cómo volver a su hogar; el señor por el que luchan no sabe cómo se llaman, pero ahí está siempre, gritándoles que formen una línea con sus lanzas, sus hoces, sus guadañas, para defender la posición. Y los caballeros caen sobre ellos, hombres sin rostro envueltos en acero, y el retumbar de su ataque parece llenar el mundo...
Y el hombre se quiebra.
Da media vuelta y huye, o se arrastra entre los cadáveres de los caídos, o se escabulle en plena noche y busca un lugar donde esconderse. A esas alturas, los hombres quebrados ya ni piensan en volver a casa. Los reyes, los señores y los dioses les importan menos que un trozo de carne medio podrida que les permita vivir un día más, o un pellejo de vino agrio con el que ahogar sus miedos unas horas. Viven de día en día, de comida en comida; son más animales que humanos.

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