Novela de terror demoníaco

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Hola a todos:

Os quiero presentar una novela escrita por mí, con el fin de aumentar el repertorio de novelas de terror español, dar a conocer en parte una temática demoníaca y en parte, la descripción de una familia durante los años ochenta en Andalucía, pero además de eso, dar que pensar a los lectores sobre el mundo real y el mundo espiritual, así como sembrar la semilla de la duda con respecto a los acontecimientos que estamos viviendo actualmente en el mundo y su posible asociación con el fenómeno del satanismo.
Espero que os guste, os pongo aquí el primer capítulo y una referencia al final para que la encontréis en Amazon:

CAPÍTULO I.

María

29 de junio de 1985

1

En la soledad de aquel cuarto, el Cristo de plata que pendía sobre ella encima de la cama parecía susurrarle, en medio de la inmensa penumbra, palabras dulces que la reconfortaban en aquellas noches largas, tan sólo iluminadas por el fulgor de la luz de la Luna entrando a través del ventanal abierto de par en par para calmar el calor en aquella pequeña localidad entre montañas jalonadas de olivos.
María, de quince años, tenía cierto miedo a las noches, desde que ella y su madre se mudaran a casa de los abuelos maternos hacía dos años, un enorme caserón de cuatro plantas situado en el centro del pueblo, vestigio del poderío pasado de la familia.
Con grandes habitaciones y adornos religiosos por todas partes, a la niña le parecía todo de gigantescas dimensiones, comparado con el pequeño piso donde solía vivir antes de mudarse allí.
Cuando cada noche se acostaba, al subise a la cama, de altura inusual, más bien le parecía estar escalando; era una cama propia de otra época: grande, con cabecero de hierro forjado negro y piecero a juego y con un mullido y grueso colchón de lana, el cual había que sacudir todas las mañanas para desapelmazarlo. Y el cristo colgado en la pared, justo por encima de su cabeza cuando estaba acostada, aunque la tranquilizaba, a su vez, de alguna manera, la intimidaba.
A veces la niña habría jurado que le oía hablar, que le susurraba al oído que no tuviera miedo, que él estaba ahí y que siempre lo estaría.
Desde que el padre muriese, ella y su madre habían ido a vivir al pueblo de sus abuelos maternos. La madre, Ana, cobraba una pequeña pensión de viudedad con la cual habría sido imposible mantenerse las dos, ella y su hija, y a pesar de que años atrás había podido salir de la casa de sus padres, lo que era la máxima ilusión de su juventud, veinte años después había tenido que regresar con la cabeza gacha.
Desde entonces, Ana nunca había sido la misma: ella, que había abandonado la Iglesia años atrás, rezaba ahora el rosario cada día junto a su madre, y su hija María, o bien las acompañaba mientras realizaba sus tareas escolares, o bien se unía a ellas y rezaban las tres al unísono.
La abuela, Emerenciana, apenas había pronunciado palabra sobre el fallecido padre de María desde que éste muriese, al menos no delante de la niña.
Ésta tenía una foto de él junto a su madre, ambos sonrientes y muy jóvenes, enmarcada en plata sobre su mesita de noche, junto a su cama, y cada día, antes de dormirse, primero le rezaba al padre, mirando la foto, luego a Jesús, dirigiendo su mirada hacia arriba, hacia el Cristo colgado en la pared y, por último, se dormía rezando un Ave María a la Virgen, en la cual pensaba ya mientras cerraba los ojos, tras apagar la luz, imaginando a una bella mujer rubia de cabello y vestimenta largos, azul turquesa, y con una aureola de luz alrededor de su cabeza, al modo de las imágenes que recordaba de los cuadros de las iglesias.
Cada noche, ligeramente temerosa del momento de caer dormida, por los numerosos ruidos que las grietas de las puertas y ventanas de madera, el aire y los perros y gatos callejeros
formaban en la madrugada, María les pedía a los tres: al padre muerto, a Jesús y a la Virgen, en ese orden, que su madre recuperase la alegría y que a ella le fuera bien en los estudios y en su vida.
Ana, su madre, tenía ahora cuarenta años.
-En la flor de la vida y ya viuda, solía decir el abuelo, el señor Matán, suspirando-.
Aunque siempre introvertida, su hija siempre había poseído un talante más bien risueño y optimista, mas tras la muerte de su esposo, arrastraba una melancolía que parecía consumirla poco a poco. Su madre, doña Emerenciana, como la llamaban en el pueblo, mujer taciturna,de carácter algo hosco pero bondadoso, lejos de hacer comentarios sobre la desgracia de su única hija, la contemplaba a veces de reojo, procurando que ella no la viera, con pena y preocupación.

María, la niña, lo sabía, porque le gustaba observar todo, sobre todo a las personas. Sabía que su madre lloraba en silencio y se secaba las lágrimas cuando aparecía alguien, y que, mientras rezaba el rosario de la sobremesa, la abuela a menudo estaba pensando en el futuro de aquella hija y de aquella nieta, en lugar de concentrarse en el rezo.
Lo sabía porque la abuela tenía una forma especial de mirar cuando esto ocurría: primero miraba a su hija y después a ella, a su nieta, que se hacía la disimulada.

2

A María, en invierno, le gustaba estudiar en la salita, mientras madre y abuela rezaban juntas alrededor de una mesa camilla, ataviada con faldones de terciopelo de color verde botella, bajo los cuales había un brasero eléctrico, junto al que colocaban sus piernas las tres, para absorber el calor.
Ellas siempre le insistían en que se fuera a su cuarto, en el cual le habían instalado un gran escritorio de madera junto a una estufa, pero ella siempre se negaba, pues no le gustaba quedarse sola en aquella enorme habitación.
Cuando acababan de rezar y la niña terminaba sus tareas, ésta solía tomar la merienda mientras veía algún programa en la única tele de la casa, aparato antiguo que sus abuelos no se molestaban en cambiar, siendo la abuela de carácter austero y dado que el abuelo nunca veía la televisión, pues prefería oír las noticias y programas políticos en su viejo y pequeño transistor forrado de cuero marrón oscuro que llevaba consigo a todas partes de la casa.
Por las tardes y tras echarse un rato a dormir la siesta en su dormitorio, se iba con sus amigos al casino a jugar al dominó y no volvía hasta la hora de cenar.

Su madre también tenía una foto de su fallecido marido, Joaquín, colocada en un marco junto a su cama, y en lugar de un Cristo, sobre su cabecero había un cuadro de una Virgen con el niño, una de esas imágenes de cuerpo triangular de una María lactante, en la cual amamanta a Jesús.
A veces, a María le gustaba entreabrir la puerta del dormitorio de su madre y quedarse mirando a esa Virgen tras persignarse, y hasta se veía reflejada en ella, y se imaginaba teniendo a ese bebé en los brazos y siendo la elegida para los designios de Dios.
Aunque a la niña no la habían criado en la religión, siempre le habían atraído las cosas de la Iglesia. A veces en Jaén, de más pequeña, se metía ella sola en la catedral -vivían muy cerca, en una de las calles aledañas-, a pasearse por sus galerías y observar cuadros e imágenes. Le gustaba detenerse ante un gran cuadro de la Virgen que se hallaba justo a la entrada, donde buscaba unas famosas tijeras en él escondidas, pidiendo algún deseo, conforme era tradición. Y, aunque bien sabía ella dónde estaba el objeto, intentaba hacer como que no se acordaba, para que su deseo se viese cumplido.
A veces acudía sola los viernes por la tarde, después del colegio, a oír misa en el Sagrario, capilla colindante a la Sala Capitular de la catedral, para contemplar cómo el sacerdote abría una caja fuerte, extrayendo de su interior un arca de plata donde se guardaba el llamado Santo Rostro, y ver la cara de Dios. Esta reliquia, mantenida bajo siete llaves y considerada uno de los pliegues del paño en los que “ la Verónica” enjugara la faz de Cristo en su camino a la cruz, maravillaba a la niña. Según la Iglesia, la cara de Jesús había quedado impregnada en la tela, que se dobló en tres y, al estirarla, reproducido el rostro en las tres partes del sudario, una de ellas se hallaba en aquella caja y las otras dos andaban repartidas por el mundo.
María, tras ver aquella cara que más le parecía un dibujo que un grabado real, cerraba los ojos y le pedía deseos, hablando con Él, con Jesús, para sus adentros.

Cuando su padre comenzó a estar enfermo, con toses y dolores, y viendo a su madre llorar y lamentarse a solas, comenzó a acudir cada viernes impenitentemente al Sagrario a pedirle al Santo Rostro siempre lo mismo: -por favor, que mi padre se cure-, y de rodillas sobre uno de los mullidos reclinatorios de color granate oscuro, recitaba en un murmullo, juntando las palmas de sus manos, la famosa oración de los evangelios:
“Señor, no soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle”. Luego, invariablemente,entraba en la catedral, se detenía frente al cuadro de las tijeras, y tras apuntarlas con la mirada, volvía a recitar aquella oración para sus adentros.

3

Los padres de María se habían enamorado locamente siendo la madre, Ana, una adolescente de quince años y el padre, Joaquín, un muchacho que pasaba con su familia por el pequeño pueblo donde ella vivía, durante las fiestas locales de agosto, siendo la suya una familia de mercaderes ambulantes que iban de feria en feria durante los veranos con un puesto de vino dulce y barquillos.
Él tenía veinte años. Ella se quedó embarazada y, sin pedir permiso a sus padres y en secreto, los jóvenes huyeron a Jaén, a la capital, a casarse.
Cuando los padres de Ana se enteraron, la madre convenció al padre para no hacer nada.
-Déjala, más vale que vuelva por su propio pie, y no dudes que cuando la criatura nazca y empiecen a irles mal las cosas, volverá-, sentenció.
Ana era su única hija, tras varios años sin poder concebir, y la mujer la había tenido a los treinta y dos años. Tras ella, no había habido más niños, por mucho que rezaron y lo intentaron.
-Pero mujer, la niña puede necesitar dinero, y si vamos a tener un nieto, yo quiero que esté bien.-
-Les ayudaremos, eso sí, pero que no sueñe con venir a vivir aquí mientras esté embarazada. Cuando tenga el hijo, entonces, si está casada, la aceptaremos. Antes, no. Piensa, Matán, el escándalo sería tremendo, una panza en nuestra familia, y de Dios sabe quién-.
El marido callaba, su mujer tenía razón.
Para la familia más importante de la localidad, herederos de los dueños de las primeras y únicas fábricas del pueblo y de la mayoría de tierras de cultivo, lo que les había sucedido
era una ofensa muy grave para su honor; Emerenciana no podía dormir pensando en el qué dirían los lugareños, convencida de que muchos de ellos estaban deseando que algo malo les ocurriese; por lo tanto, debían aparentar que nada había pasado, ocultar la vergüenza.

Transcurrieron unos meses en los que el matrimonio apenas tuvo noticias de la hija, y en los cuales le pasaban dinero más o menos regularmente a través de una prima de la chica, sobrina de Matán, que vivía en la ciudad y con la que ella tenía trato.
Por ella se enteraron cuando a la joven pareja les ocurrió la primera tragedia: aquel primer niño nació muerto.
Refugiados como estaban en casa de los padres del muchacho, vivienda muy humilde en el barrio de la Magdalena, corazón del casco viejo de Jaén, vivían rodeados a todas horas de familia diversa y de hermanos del chico de todas las edades, algunos, niños aún, otros jóvenes, y ello junto a tíos, primos y numerosos vecinos.

Cuando Emerenciana fue a ver a su hija tras aquellos largos meses, sobriamente vestida, pero muy elegante, como de costumbre, la abrazó sin mediar palabra y le dijo, con determinación:
-¿Dónde están tus cosas?, nos vamos de aquí-.
Pero Ana, orgullosa, se negó a marcharse.

Emerenciana, toda ataviada de negro y con un blanco y corto collar de perlas alrededor de su cuello, había llegado allí en un taxi que la había dejado un poco más abajo. Después de subir por algunas intrincadas y empinadas calles en las que racimos de niños correteaban despeinados, descalzos y con caras churretosas, llegó a la puerta de la vivienda en la cual su sobrina le había indicado que vivía la hija y llamó con un tirador de bronce que colgaba de la parte exterior.
Abrió una mujer de unos treinta y tantos años, de pelo negro recogido en un gran moño en lo alto de la cabeza, al estilo gitano, que le sonrió e invitó a entrar.
-Pase-, le dijo, sonriéndole mientras Emerenciana se fijaba en que le faltaba uno de sus dientes delanteros.
-Soy la madre del novio-.
-Mi hija no puede estar viviendo aquí. Es intolerable- pensó, mientras pasaba dentro, y tras atisbar a ver un poco la escena, sin emitir palabra alguna y tratando de sonreír a las numerosas personas que se hallaban allí, mirándola todos. Se desprendía una mezcla de olores, como a membrillo y limón, mezclados con pañales de bebé. En una esquina, había un par de gallinas picoteando el suelo, encerradas en una jaula.
-¿Qué haces tú aquí?- le preguntó la hija, acercándose a ella desafiante, al verla aparecer.
-He venido a buscarte, recoge tus cosas, que nos vamos-. le dijo la madre, tratando de hablar en voz baja y de que sus palabras quedasen entre ellas dos.
-¡Ni lo sueñes, no voy a volver a encerrarme en un caserón lleno de santos!-, respondió la hija, elevando la voz. -No pienso desperdiciar mi vida, ahora que he encontrado el amor. ¡Prefiero mil veces vivir con esta familia, que es ahora la mía, que sola con vosotros!.-
Emerenciana no lo tomó a mal: conocía el carácter orgulloso de su hija, y sabía que, a pesar de ser casi una niña, el haber perdido al primer hijo debía haberla afectado como a cualquier madre, así que se marchó de allí calmadamente, tras darle un ligero beso y girarse para decir un seco adiós a todos los presentes.

Viendo que no podrían traer a Ana de vuelta, decidieron comprarle un pequeño piso cerca de la catedral.
A los pocos meses, Joaquín comenzó a trabajar de sustituto de policía municipal, con ayuda de la influencia de su suegro, y, hasta cumplir veinticuatro años, Ana no volvió a quedarse embarazada.

3

Nada de eso importaba ya, porque Dios se había llevado a Joaquín de un cáncer de pulmón que duró ocho largos meses y que no cedió ante medicación alguna.
Durante aquella agonía, a pesar de que sus padres hicieron todo lo indecible por aparentar despreocupación y esconder su tristeza, y aunque la niña era aún pequeña, María sufrió la angustia en silencio, tratando de ocultar que sabía que algo terrible estaba ocurriendo.
Sus abuelos maternos, sin embargo, no supieron nada hasta el final, hasta unas semanas antes de que Joaquín muriese, y sólo cuando la hija los llamó y les dijo, entre lágrimas, sonando derrotada: -¿Podemos ir a vivir con vosotros?-, se enteraron de la desgracia.

Ana se había vuelto tan reservada tras aquella muerte, que era difícil saber cómo se sentía, o lo que pensaba; tal vez por eso, María se volvió desde niña una observadora sagaz, a la que gustaba pensar que podía leer las mentes de los demás.

Tras morir su marido y regresar a vivir al pueblo, Ana se encerró en sí misma más todavía, y, a pesar de que anteriormente apenas había visitado la Iglesia o rezado, -María ni siquiera estaba bautizada-, comenzó a tomar el hábito de ir a misa los domingos, acompañada de su madre y de su hija, y de rezar cada día el rosario en la sala de estar de la casa familiar.
María anhelaba el momento de ir junto a su madre a misa, para poder estar con ella y sentirla cercana, como antes de que su padre se fuera.
Cuando se hallaban en la iglesia, solía observar largamente los cuadros de la Virgen y pedirle a Ésta cosas en silencio, y hacía lo mismo con los de la casa de los abuelos, plagada de ellos.

Su inclinación infantil hacia las cosas eclesiásticas, que parecía dada de manera innata, se convirtió, con el paso de los años, en una poderosa religiosidad que la llevó, el mismo día en que cumplió quince años, a pedir a sus abuelos el ser bautizada.

4

29 de junio de 1985

Con los primeros rayos del alba, tras pasar toda la noche con unos dolores internos que le bajaban desde el bajo vientre hasta casi las piernas, sospechosa de que aquello fuese lo que se temía, María fue al cuarto de baño de su dormitorio y lo comprobó: le había venido la regla por primera vez.
Volvió a la cama, tras colocarse varias capas de papel higiénico en su ropa interior, y estuvo dando vueltas en ella, preocupada, pensando en qué hacer, durante un buen rato.
No iba a lucir un lujoso traje blanco de comunión, ya que se trataba de un bautismo, pero sí un bonito vestido de color rosa claro, comprado con su madre en una de las pocas boutiques del pueblo.
No querría estropear aquel momento por nada del mundo, y ello a pesar de que tampoco habría invitados, sino que iba a ser una ceremonia discreta con sólo ellos cuatro y el cura, pues a los abuelos les avergonzaba el hecho de que su única nieta, de quince años, estuviera sin bautizar, y habían preferido que ello quedase en secreto.
Hasta le habían pedido a la niña el hacerlo en la capital, pero el párroco, al saberlo, había hablado con toda la familia, arengándoles sobre la importancia de la humildad, y a María le daba todo eso igual, porque lo único que quería era bautizarse y, ni entendía de pudores sociales, ni pensaba jamás en ello.
A su madre tampoco le importaba lo que la gente pudiera pensar, y apenas había expresado opinión alguna sobre el tema del bautismo de su hija. Sin embargo, sí había acompañado a María a comprarse un vestido para la ocasión.
Con lo bonita que se estaba poniendo su hija, con su hermosa y larguísima cabellera rubia y sus ojos de un intenso azul turquesa, a Ana incluso se le escapó una lágrima al verla probárselo.
-Mamá no llores-, le dijo la niña.
La madre se secó la cara con un pañuelo blanco de tela que solía guardar en un bolsillo, le pagó a la dueña de la tienda de ropa y salieron de allí sin hablar.
De camino a casa, anduvieron en silencio paralelas la una a la otra hasta que María, con la bolsa del vestido en una mano, con la otra cogió la de su madre y continuaron andando en silencio, agarradas de la mano.

María no quería que la llegada de la menstruación ensombreciera de ninguna manera su ceremonia, así que la mañana del día del bautismo, la chica rebuscó sigilosamente en los cajones del cuarto de baño de su madre, cuando ésta ya no se hallaba en su dormitorio, en busca de compresas, pero no encontró ninguna.
Angustiada y sintiendo una tremenda vergüenza que le impedía pedir ayuda, decidió colocarse un montón de capas de papel higiénico dentro de la ropa interior y tratar de pasar el día así, sin decir nada a nadie.

Por fin, a las doce del mediodía de un sábado de principios de verano, en la pequeña iglesia del pueblo, el párroco celebró la ceremonia ante unas pocas personas -la niña, el cura, sus abuelos y algunas ancianas que acuden al oficio divino siempre a la misma hora-, pero María, más que concentrarse en las palabras pronunciadas, estuvo más preocupada en pensar si se le transparentaría el vestido, en caso de mancharlo, echando a pique ese día tan ansiado.
Así pues, al concluir la misa, salió lo antes posible de la iglesia, excusándose con que tenía una urgencia y echó a correr a la casa, que se hallaba a unos quince minutos andando. Pero todo estaba bien, la regla no era mucha.
-No es para tanto-, se dijo en voz baja, mientras cambiaba el papel higiénico, ligeramente manchado, por otro limpio, y escondía el sucio en lo más hondo de una blanca papelera metálica.
Al salir del baño, a María la esperaba ya la pequeña celebración que los cuatro tenían preparada en el salón familiar, a donde bajó.
Las dos criadas que trabajaban en la casa, habían decorado para la ocasión una espaciosa y rectangular mesa de madera maciza con una blanca mantelería antigua y fina de la abuela y una vajilla de porcelana isabelina en tonos rosa claro, que era la favorita de la niña, habían colocado una gran variedad de aperitivos y una bonita tarta de chocolate lucía en el centro de la mesa, de una pastelería local donde solían comprar la bollería artesanal de desayunos y meriendas y que encantaba a María.
Antes de comenzar a comer, brindaron con cava y moscatel para celebrar el evento, obviando todos el comentar la evidencia de lo anormal de una celebración tal, dada la edad de María.
-¡Qué guapa está mi niña y qué bien lo ha hecho todo!-, exclamó el abuelo.
-Bueno, guapa lo es, mucho, tiene a quien salir- dijo su abuela mientras miraba a su hija Ana, que lucía un semblante ligeramente triste.
La niña no estaba prestando atención a la conversación, manteniendo su mente absorbida por el cómo decirle a su madre lo que estaba sucediendo en su cuerpo.
Como la conversación no era muy fluida, Emerenciana utilizaba de cuando en cuando frases hechas para llenar el silencio, a las cuales su marido Matán asentía, cogiendo éste a ratos la mano de María y acariciándole la mejilla, sentada ella junto a su abuelo y los cuatro frente a la mesa.
Ana, sin comer nada y dedicándose tan sólo a rellenar su copa de cristal cuando se le terminaba el cava, llevaba ya varias copas cuando, mirando fijamente a su madre en actitud desafiante, se dirigió a ella, diciéndole:
-Al final te has salido con la tuya, ¿verdad?-
-¿A qué te refieres, hija mía?- le preguntó a su vez su madre.
Todos callaron y el abuelo carraspeó nerviosamente.
-Aquí nos tienes a tu nieta y a mí- continuó diciéndole su hija; -¿no era esto lo que siempre habías querido?-.
Emerenciana no respondió, mirándola con conmiseración. Enseguida intervino el abuelo:
-No discutáis, hija mía, tengamos la fiesta en paz. Por favor, no discutáis-.
Pero Ana, desinhibida por el efecto del alcohol, continuó hablando en tono retador hacia su madre, cada vez en un volumen más alto:
-Tú nunca le aceptaste. ¡Nunca!, pero óyeme: existió, y eso jamás me lo podrás quitar. Nunca. Siempre estará en mi recuerdo, y ésa es la prueba.-
Y levantándose de su silla, señalaba, mientras decía esta última frase, con el dedo índice a su hija María. Ésta, que no estaba prestando atención a la conversación, dijo de pronto, en alta y sonora voz:
-Mamá, tengo la regla-.
En ese momento, Ana se quedó callada y, tras apurar su copa, casi ininteligiblemente y apenas mirándola, le dijo a su madre: -Lo siento-, y se marchó repentinamente del salón.
Al poco, se oyó cerrarse la puerta principal de la casa.
La abuela cogió de la mano a María, acariciándola suavemente, y con una dulce entonación, le dijo en susurros, al oído:
-Hija mía, esas cosas no se dicen delante de todo el mundo, ya tienes edad de saberlo-.
-Pero abuela-, balbucea ella, -no sabía qué hacer-.
-Lo sé, hija, pero son cosas de mujeres, cosas de la intimidad que no hay que sacar a colación en una comida familiar..-
A María le resultaba embarazosa la conversación.
-María, era ya hora de que tuvieras el período, hija-, le dijo su abuela, en tono calmado.

  • Llevamos un tiempo preocupadas por este asunto tu madre y yo, e incluso habíamos hablado de llevarte al médico, así que es una buena noticia. Ven-.
    Y, llevándola de la mano a un cuarto de baño que había a mano derecha del salón, en la planta de abajo de la casa, Emerenciana abrió el cajón de un pequeño mueble y le mostró varios paquetes de compresas.
    -Coge uno y llévalo a tu cuarto de baño, lo necesitarás estos días. Y si te duele, me lo dices.
    A tu madre, pobrecita, déjala. Está muy triste y lo paga con su familia, pero no hay que tenérselo en cuenta-.
    Eso María ya lo había oído antes: cada vez que Ana le soltaba la mano, cuando ella la quería coger para andar juntas por la calle, o cuando la abrazaba y Ana se zafaba de sus brazos, o si la abuela y ella discutían, normalmente porque Ana parecía estar siempre enfadada con su propia madre; en todas esas ocasiones, la abuela invariablemente decía, en susurros, a María:
    -No se lo tengas en cuenta, está triste y estresada, la pobrecilla-.

5

29 de junio de 1985

Eran las diez de la noche. Ana no había regresado aún de la calle, el abuelo hacía poco que había llegado y, tras cenar los tres en la cocina, María se despidió, dando un beso a cada uno de sus abuelos, como de costumbre. Al mediodía, había tenido lugar la celebración del bautismo, finalizada de manera abrupta, y había pasado la tarde con la abuela en casa, vestida con su traje y zapatos nuevos.
La muchacha subió las escaleras hasta el primer piso y abrió la puerta de su dormitorio.
Una vez en él, encendió la luz, se dirigió a su cuarto de baño y se cepilló el pelo frente a un mueble con tres espejos que había sobre el lavabo; después, salió del baño, se quitó su delicado vestido, lo dobló sobre una silla, se descalzó sus negros zapatos de charol, con un ligero tacón, buscó sus chanclas, de color rosa suave, y se puso su fino camisón de lino del mismo color.
Acostada en su cama, pensaba en que por primera vez en su vida estaba usando una compresa, objeto que le parecía incómodo. Se levantó inquieta, a los pocos minutos, encendió la luz y se miró en el espejo de una cómoda que tenía frente a su lecho, a la izquierda de la puerta del cuarto de baño: vestida con el color rosa claro del camisón y con su cabello suelto y recién cepillado, dorado como la paja, se vio a sí misma guapa.
Inmediatamente, vio en el espejo reflejado el Cristo de plata de la pared.
-No seas presumida-, parecía escucharlo decir.
Muchas veces se lo había dicho su abuela: -María, no seas vanidosa-, la vanidad es un pecado capital-.
Ella sabía qué era un pecado capital, y aunque no iba uno al infierno si moría teniendo uno o varios de ellos, sí que podía ir al Purgatorio. No sabía qué era el Purgatorio exactamente, pero recordaba un cuadro en una iglesia de Jaén cercana al piso donde vivían, y a las personas que estaban representadas en ese lugar, un intermedio entre el Cielo, en la parte de arriba, lleno de ángeles y una Virgen, con todos flotando y vestidos de luminosos blancos y azules, y el infierno abajo, con serpientes y otros monstruos comiéndose a gente viva, todo él en tonos y colores rojos como la sangre y el fuego. Los que se hallaban en el medio, estaban siendo elevados hacia la parte de arriba mientras de sus piernas o brazos tiraban los monstruos desde abajo, para hundirles con ellos.
Le asustaba ese cuadro y también el Purgatorio.

Ya en su cama de nuevo, con los ojos cerrados y la luz apagada, palpándose con los dedos la compresa para asegurarse de que no se moviese, como de costumbre, rezó primero a su padre fallecido y después a Jesús, pidiendo que su madre no discutiera más con la abuela, y que se pusiera más alegre. Por último le rezó a la Virgen, pidiéndole que la ayudase a no manchar la cama, pues esto le causaba preocupación, por la vergüenza que le supondría el tener que decirlo al día siguiente.
Pasaron los minutos.
La luz blanca de la Luna entraba por los cristales del balcón, y como hacía calor, había dejado las puertas del mismo entreabiertas para que entrase el frescor nocturno. Como de costumbre, comenzó a escuchar maullidos de gatos, y ladridos de perros, en la distancia, y los consabidos crujidos de puertas, pero sabía que era normal, así que, como sentía sueño, empezó a quedarse dormida.

De pronto, tras un tiempo indeterminado, María escuchó claramente en el oído derecho una voz grave y masculina, que le dijo, como dándole seca y firmemente una orden:
-¡Ven!-.
Se incorporó sobresaltada en la cama, temblando de miedo.
Sabía que lo había soñado, pero había sonado muy real. Pensó en gritar, pero se contuvo por vergüenza.
-Ha sido un sueño-, se dijo a sí misma en voz alta.
Pero al instante, nada más tumbarse de nuevo en la cama, volvió a ocurrir:
-¡Ven!-, le dijo claramente la misma voz de hombre.
Se sentó otra vez sobre el colchón, sintiendo los latidos de su corazón a cien por hora.
La voz era masculina, estaba segura. Sentía miedo y ahora sí se disponía a gritar, a llamar a su madre y a sus abuelos, pero, repentinamente, una parálisis la invadió desde los pies hasta la boca, una fuerza la tumbó rígida y bruscamente sobre el lecho, y con los párpados cerrados muy fuertemente, no podía ver, moverse o hablar.
Entonces, sin apenas poder respirar, notó claramente cómo los gruesos dedos de una mano firme sujetaron violentamente sus labios para impedirle proferir ruido alguno, cubriendo también parte de su nariz e impidiéndole tomar aire, y una súbita energía se abrió paso entre las sábanas, levantando la tela de su camisón, descorriéndole la ropa interior con furia y continuando más adentro, en el interior de su cuerpo.
Presa del pánico, pero paralizada y sola, sin nadie que la pudiera socorrer, María era consciente de que estaba siendo violada.

Transcurrieron unos segundos o unos minutos hasta que todo paró; le era imposible precisar el tiempo. Cuando finalmente pudo volver a moverse, la mano había desaparecido ya de su boca y también el cuerpo que se hallaba sobre ella y aquello que tenía en su interior.
Sintió una mezcla de dolor, repulsión y terror: sabía que, fuese lo que fuese lo que le acababa de suceder, ella sentía que le había ocurrido de verdad
Pensó en encender el interruptor de la luz, a su derecha, para levantarse y mirar a su alrededor, pero no lo hizo: tenía mucho miedo.
Pasó un largo tiempo así, sin moverse ni un centímetro y viendo, con la claridad de la luz de la luna, la tela alzada de su camisón, dejando al descubierto su ropa interior, pero sin atreverse siquiera a cubrirse. Tan sólo pensaba en qué había podido sucederle y no tenía ánimos para gritar o llorar, temblando, tiritando su cuerpo entero.

Y así, fue transcurriendo el tiempo, mientras contemplaba las estrellas a lo lejos, a través del espacio que dejaban la puertas abiertas del balcón, enfrente de su cama y a la izquierda, hasta que finalmente, María fue convenciéndose a sí misma de que, a pesar de haber sentido la experiencia como si fuera real, sin embargo, la explicación más lógica debía ser que hubiese experimentado una alucinación -ella había estudiado que algunas personas con epilepsia las sufren-.
Así, poco a poco, se fue quedando dormida. Y, poco antes de caer en el sueño totalmente, pensó:
-Mañana le diré a la abuela que me lleve al médico, tal vez tenga epilepsia-.


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