Crónica del Después

Arawna

Saludos,

a continuación os dejo una de las novelas en que estoy trabajando actualmente en paralelo a la continuación de Hoy me ha pasado algo muy bestia. No tiene nada que ver, ni en estilo, ni en género, pero espero que también os guste :)

Como en el otro hilo -el de Hoy me ha pasado algo muy bestia-, iré posteando por capítulos, aunque en este caso no postearé tan a menudo ya que no está toda la historia escrita aún.

Empezamos:


PARTE 1 — CAOS

1

Aaron Larkin había pasado los últimos veintitrés años frente a la pantalla de un ordenador más de doce horas diarias. Conocía el software instalado como si lo hubiera programado él mismo, conocía todos los lenguajes, todos los atajos, todas las líneas de código, todos y cada uno de los procesos que se ejecutaban en primer, segundo y hasta tercer plano. Y cuando, el 13 de noviembre del 2067 tuvo lugar el Primer Gran Apagón, sufrió primero un ataque de ansiedad y se sumió luego, pasadas unas horas sin que volviera la luz, en una depresión que le mantuvo en cama durante los tres días que duró el apagón, sin comer ni beber, envuelto en la total oscuridad de su cubículo sin ventanas y en absoluto silencio excepto por su propia respiración. Cuando al fin despertó, febril y sediento pasados los tres días, la luz ya había vuelto, y caminando como un zombi se dirigió a la pequeña fuente que salía de la pared de metal y bebió hasta que le dolió la tripa. Luego dirigió sus pasos hasta el baño y arrodillándose sobre la taza vomitó agua y bilis y se quedó allí un tiempo, tratando de recuperar fuerzas, temblando. Lo siguiente que hizo tras levantarse fue caminar hasta el dispensador de la pared y tecleando las instrucciones adecuadas hizo que aparecieran ante él, sobre la bandeja de materialización, dos pastillas de color rosa, un plato de espaguetis al pesto y un Big Huggies con sabor a melocotón. Recogió la bandeja y caminando hacia el ordenador pronunció con voz débil la órden para que se encendiera. Al ver encenderse la luz de la pantalla sintió que empezaba a sentirse mejor; en cuanto hubiera comido estaría como nuevo y podría seguir trabajando como si no hubiera pasado nada, pensó.

Aaron Larkin no era un hombre curioso, ni lo era entonces ni lo había sido nunca. Apenas si había salido una decena de veces del edificio donde vivía desde hacía quince años; lo único que despertaba su interés, su herramienta de trabajo, estaba en su cubículo, no necesitaba nada más. De haber sido una persona con un mínimo de curiosidad en su interior habría encendido la unidad TCom, cuya pantalla ocupaba por completo la única pared vacía del cubículo, y se habría enterado de lo que había sucedido en el mundo exterior durante los tres días que había pasado sumido en la oscuridad y la autocompasión. Y el Segundo Gran Apagón no le habría pillado por sorpresa.

Las primeras horas después del Primer Gran Apagón habían sido críticas, y en aquella sociedad dependiente por completo de la electricidad y la tecnología se desató el caos. Muchos imitaron a Aaron Larkin y permanecieron en sus hogares esperando a que se solucionara el problema, pero fueron muchos más los que, indignados, salieron a las calles y manifestaron su descontento de la única forma que podían, con violencia. Pasadas las primeras veinticuatro horas, mucha gente ya no aguantó más y empezó la ola de suicidios conocida desde entonces como la “Lluvia de saltadores”. Los “saltadores” eran los suicidas que se arrojaban desde las ventanas de sus cubículos para acabar aplastados contra el asfalto que cubría las calles; unos veían saltar a otros y éstos a su vez los imitaban, convirtiendo aquello en un espectáculo dantesco interminable. Mientras, las unidades NeoPOL, que sin la electricidad de su lado perdían un porcentaje demasiado elevado de efectividad, permanecieron atrincheradas en sus cuarteles, a la espera de unas órdenes de la Central que no podían llegar.

Pero lo que nadie supo hasta que volvieron a funcionar los gigantescos generadores nucleares tres días después y las comunicaciones fueron restablecidas, era que aquél apagón había sido a escala mundial. Incluso las ciudades más aisladas del planeta, como por ejemplo Nueva Barcelona en el casquete polar ártico, que contaban con generadores independientes, se habían quedado sin electricidad en el mismo instante y durante el mismo tiempo que el resto del planeta. Los expertos no se explicaban cómo había podido suceder tal cosa, y ninguna de las teorías que formularon llevó a ninguna parte; el incidente fue considerado simplemente como algo inexplicable hasta por las más brillantes mentes del planeta y aparcado, y con el paso de las semanas y el restablecimiento de la normalidad en las gigantescas urbes los ciudadanos pronto olvidaron lo sucedido. Mientras pudieran estar en sus hogares y no fallara ninguna de las comodidades a las que se habían acostumbrado a lo largo de los últimos 30 años, todo estaba bien.

Pero lo peor aún estaba por llegar, y un mes después, el 13 de diciembre, llegó el Segundo Gran Apagón y los generadores enmudecieron definitivamente.

El Segundo Gran Apagón sorprendió a Aaron Larkin depurando el código del avatar-widget que había diseñado para una importante plataforma de RV lanzada a la Red Global hacía tan solo unos meses por la GWSC (Global Web Social Corporation). La nueva plataforma, bautizada como Real Avatar 3.6.0, estaba destinada a sustituir a la ya caduca pero aún omnipresente Virtual Life X.0 de Virtual Works. Aquél complemento para avatares, en el que llevaba más de seis meses trabajando y que ya estaba casi terminado, no era un widget cualquiera; iba a revolucionar el concepto del avatar en un entorno de Realidad Virtual y a hacerle rico. Muy rico. Con lo que no contaba Aaron era con que su ordenador volviera a apagarse de forma repentina esa fatídica noche del 13 de diciembre, y que así permanecería indefinidamente.

1
B

Joder qué tío más prolífico. Suerte! (cuando tenga tiempo me leeré las dos novelas pero ahora mismo voy un poco apurado)

Arawna

2

Jesse Avalon y los Mercenarios del Ghetto, con la colaboración especial –y virtual- de Wolfgang Amadeus Mozart y la Filarmónica de Viena, estaban tocando su último hit Déjame vivir en un mundo real para 27 millones de espectadores cuando tuvo lugar el Segundo Gran Apagón. Todas las pantallas que transmitían el concierto, ubicadas en millones de hogares repartidos por todo el globo terráqueo, se apagaron de repente al tiempo que se perdía la conexión y la voz del cantante daba paso al silencio más absoluto. Jesse se levantó hecho una furia tras un instante de desconcierto, y en la oscuridad reinante maldijo para sí antes de volver a sentarse; aquello no duraría más de unos segundos, se dijo intentando serenarse, lo mejor sería esperar junto al ordenador para retomar el concierto en cuanto se restableciera el suministro de energía. El resto de integrantes del grupo, cada uno frente a sus respectivos ordenadores, llegarían a la misma conclusión y permanecerían atentos y preparados, estaba convencido de ello. Pero los minutos pasaron, uno detrás de otro, y cuando se quiso dar cuenta había pasado una hora, y entonces, un cada vez más nervioso Jesse Avalon recordó el apagón de hacía un mes y los tres días de oscuridad tecnológica que le siguieron. Jesse Avalon tenía veintiseis años. Era joven, famoso, obscenamente rico y algo descerebrado, pero tenía buena memoria, y no recordaba un corte de luz que se alargara más de un minuto hasta el Primer Gran Apagón del pasado 13 de noviembre. Se suponía que la tecnología basada en los nanotaquiones, que se utilizaba desde hacía más de 30 años y que había sustituido a la antigua red de eléctrica en todo el mundo, era tan estable y segura que debía evitar que el mundo se parara más de un minuto. Pues bien, no había que ser muy listo para percatarse, a la vista estaba, de que aquella tecnología había dejado de dar resultado.

Poco después Jesse estaba bañado en su propio sudor. El aire acondicionado hacía ya demasiado que se había apagado y el ambiente empezaba a notarse cargado y enrarecido. La oscuridad era total y empezó a pesar a su alrededor, como si tuviera consistencia, y de repente empezó a sentir punzadas de claustrofobia; le empezaba a costar respirar. Necesitaba salir de allí cuanto antes. Se levantó de la silla y, tomando las paredes y muebles con que se iba topando como referencia, avanzó torpemente hasta la puerta que llevaba al exterior del edificio. La abrió y se detuvo en el umbral, atónito ante el fantástico espectáculo que la naturaleza desplegaba ante sus ojos mientras respiraba el aire fresco de la noche. Nunca antes había presenciado un cielo como aquél, tan infinitamente oscuro y luminoso al mismo tiempo. La ciudad de Newark, totalmente a oscuras a lo lejos, se recortaba en el cielo estrellado como una gigantesca y negra mole innatural, como una descomunal garra de cemento, plástico y acero que alzándose miles de metros tratara de alcanzar la luna.

Disfrutando de aquél maravilloso e inquietante espectáculo, Jesse se olvidó del concierto y decidió dar un paseo por los jardines que rodeaban su mansión, sin más iluminación que la del cielo estrellado y con el sonido del viento y el intermitente canto de los grillos por banda sonora. No recordaba haber vivido un momento así en toda su vida; tanta paz, tanta tranquilidad... Y ningún sonido artificial que perturbara la perfección de aquella melodía de la naturaleza que lo envolvía, que parecía acunarlo a cada paso que daba. De repente se detuvo, y en un arranque de lucidez se quitó la ropa y se sentó en la hierba completamente desnudo, y acariciándola con las yemas de los dedos cerró los ojos y respiró profundamente, llenando sus pulmones con el aire fresco y puro de aquella, una noche que la humanidad recordaría durante siglos; la noche en que el mundo cambió para siempre; la noche en que Jesse Avalon entró en comunión con Gaia, la Madre Tierra, por primera vez.

Zep

¿Se llama Larkin por el personaje de Warhammer 40k o es simple casualidad?
De momento, esta me suena más interesante que Hoy me ha pasado algo muy bestia, a ver cómo sigue ^^

Arawna

Hola Zep, celebro que te esté resultando interesante :)

Y no, no se llama Larkin por un personaje de Warhammer 40k, aunque hace como 15 años que jugaba al juego. Quizás, si ya existía ese personaje por aquél entonces, se me quedara grabado el apellido en el subconsciente XD

Un saludo,

Arawna

hda

Interesante hilo argumental. Voy a arañar la web a ver si tienes algo más publicado por ahí, que me he quedado con hambre :)

Arawna

hda, si de veras quieres leer algo más de ésta y otras historias en que estoy trabajando, hace poco creé un nuevo blog expresamente para ir colgando lo que estoy escribiendo actualmente (excepto la 2a parte de Hoy me ha pasado algo muy bestia): http://danielestorach.blogspot.com/

Un saludo,

Arawna

Arawna

3

Los ciudadanos, enajenados, habían abandonado sus hogares y recorrían las calles a oscuras sorteando los vehículos inmovilizados y los cadáveres de los “saltadores” que ya empezaban a amontonarse en las aceras. Unos gritaban, otros lloraban o rezaban, y muchos peleaban entre sí, como si aquello fuera a darles una respuesta a aquél horror. Al mismo tiempo, en los barrios de nivel 3 de la periferia, conocidos popularmente como los Barrios Olvidados, tiendas y comercios eran saqueados y todo el mobiliario urbano destruído sistemáticamente. Todo lo que se había reconstruido desde el anterior apagón fue destruído en cuestión de horas. Pero la cosa no quedó ahí, pues el Segundo Gran Apagón ya no pilló a todos por sorpresa y algunos, radicales, ecologistas, miembros de sectas extrañas y psicópatas en su mayoría, que habían pasado todo el mes soñando con la posibilidad de que otro incidente similar pudiera volver a darse, ya tenían planes para ese gran acontecimiento. Con lo que no contaban éstos fue con que la NeoPOL ya había preparado un plan de contingencia alternativo para no tener que aguantar nuevas críticas, insultos y castigos como los recibidos tras el Primer Gran Apagón por su cobarde actuación, y el último mes todas las unidades habían sido entrenadas en el uso de antiguas armas de asalto con fuego mortal, y de armas cuerpo a cuerpo bastante más peligrosas y definitivas que las porras eléctricas. Tásers, quásers y el resto del armamento reglamentario, inútiles, quedarían guardados en sus cajones. El Director en Jefe de la NeoPOL mundial lo había dejado muy claro a todas las divisiones: “Proteger la vida de vuestros compañeros es prioritario. Y si para ello teneis que arrasar todo un barrio, lo arrasais.”

Arawna

4

Cinco horas después de que la oscuridad cayera sobre la ciudad, las calles de Newark parecían haber vivido un bombardeo; cadáveres y sangre en las aceras y sobre el asfalto, vehículos y edificios en llamas... Aquello era un auténtico infierno, algo que ya sólo se veía en las películas y en viejos documentales de principios de siglo.

Las unidades NeoPOL se habían impuesto al fin y obligado a los ciudadanos a volver al interior de los edificios, tratando de despejar las calles para la llegada de los cuerpos médicos y los de bomberos, que poco podrían hacer sin la imprescindible y ausente electricidad.

Carla Wójcik, empuñando una katana ensangrentada, vigilaba junto a su compañero Duke Marshall la puerta principal del edificio Strazen, en cuyo vestíbulo se hacinaban cientos de ciudadanos cabreados que voceaban y golpeaban con furia los cristales de policarbonato mesmerizado anti-rotura. Duke, sudando a mares, apuntaba hacia la puerta cerrada su fusil de asalto, con el dedo en el gatillo. Carla notó su nerviosismo y rezó por que la gente del interior del edificio no lograran forzar la salida. Ya había visto demasiada muerte aquella noche.

Cuando había llegado la oscuridad repentinamente, horas atrás, Carla estaba dándose una ducha. Su unidad acababa de regresar de una patrulla de rutina a través del distrito EXT-Z-6 que les había llevado todo el día, y aunque no había habido ningún incidente digno de mención, se sentía cansada y sucia, como cada vez que volvía de la periferia. Deseaba llegar a su cubículo, conectar la TCom y olvidarse de todo mientras veía alguna serie. Pero el Segundo Gran Apagón dio al traste con sus planes y la dejó sola, desnuda y en la oscuridad total de las duchas del cuartel, de las que ya no salía ni una gota de agua. Esperó a que se restableciera la energía, empapada y enjabonada, pero pasados unos minutos empezó a tiritar a causa del frío y llegó a la conclusión de que aquel corte no era normal. Abandonó las duchas a ciegas y riendo amargamente comprobó que evidentemente los paneles de secado tampoco funcionaban. Se secó como pudo con el uniforme de repuesto de su taquilla y se vistió luego con la ropa de civil, y cuando se disponía a salir de los vestuarios para abandonar el cuartel y volver a casa se topó con Duke, que entraba desde el pasillo como una exhalación y casi la tiró al suelo.

—El Sargento ha ordenado que nos equipemos y nos preparemos para salir inmediatamente. Con el equipo de asalto nuevo. Al parecer las cosas se han puesto feas allá afuera, muy feas —dijo Duke visiblemente alterado mientras levantaba una bengala de fósforo que iluminaba la zona con su fría luz verdeazulada.

Tres minutos después Carla Wójcik se encontraba formando al lado de Duke Marshall junto a los otros treinta y ocho compañeros que constituían las cuatro unidades de la división. El Sargento Matheson iba y venía frente a la primera línea de la formación mientras vociferaba y gritaba sus órdenes:

—¡Ahí afuera hay un ejército de maricas llorones con ganas de ostias! ¡Y vosotros sois los cabrones que se las vais a dar! ¿Entendido?

—¡Sí, Sargento!

—¡No quiero bajas! Repito: ¡no quiero bajas! ¡Cuidad de vuestro compañero y anteponed su seguridad a todo lo demás!¡Si teneis que matar a un civil, o a veinte civiles para ello, hacedlo! ¿Entendido?

—¡Sí, Sargento!

—¡Pues salid ya, cojones! ¡Y limpiad la ciudad de escoria!

En el momento en que se abrieron manualmente las grandes puertas que daban a la calle aquello se convirtió en una locura, en una carnicería. Miles de civiles les esperaban en el exterior, enfurecidos por el recuerdo de la actuación —o mejor dicho, de la no-actuación— de la NeoPOL durante el anterior apagón, y la primera unidad tuvo que abrir fuego contra la multitud, que al ver que se abrían las puertas intentaba colarse dentro. Los destellos de los fusiles de asalto iluminaron la noche, y la reverberación de los disparos levantó ecos por toda la ciudad a la vez que segaban cientos de vidas en cuestión de segundos. Carla dio gracias a Dios por no estar en primera línea.
Cuando tuvieron despejada el área, las cuatro unidades NeoPOL salieron a la calle pasando por encima de los cadáveres y tres de ellas partieron en direcciones distintas mientras la cuarta se quedaba para asegurar la zona. Carla, mientras corría en dirección norte junto a sus compañeros de unidad, observaba a través de las paredes acristaladas de los edificios a los civiles que habían sobrevivido a la matanza, y no encontraba palabras para describir el sentimiento que transmitía la expresión de sus rostros mientras los miraban pasar. ¿Incredulidad, tal vez?

Sin un sistema de comunicación operativo que les conectara con el resto de unidades y divisiones NeoPOL, la unidad de la que formaban parte Carla y Duke recorrió la Avenida Tarconi hasta el final, ordenando a todos los ciudadanos que veían que volvieran a sus hogares, y en más de una ocasión se vieron obligados a improvisar cuando un grupo numeroso de civiles se encaraba a ellos, negándose a obedecer. Primero disparaban al aire, y si no se dispersaban simplemente cumplían las órdenes del Sargento Matheson; los compañeros de Carla, demasiado nerviosos, movidos por la adrenalina que segregaban sus cuerpos, no parecían tener inconveniente en disparar a una multitud indefensa. Incluso ella misma, recelosa, disparó y usó su katana en varias ocasiones. La prioridad era sacar a los civiles de las calles, sin importar el método empleado para ello, y cuidar de los compañeros.

Nott

No es por meter mierda y tal, ¿pero sólo vas a estar haciendo publicidad de tus libros o piensas colaborar y participar activamente?

hda

#10 creo que en principio el interés de Arawna es dar a conocer su obra y que gracias a este medio en le que lo hace (los foros) recibir un feedback que le sirva para mejorar.

Es la tónica que ha ido siguiendo en otros foros, y en lo personal me parece justa y aceptable. Por eso existen los subforos temáticos, ¿no?

Arawna

Nott, ¿estás pagando algo por leer lo que escribo? ¿Te estoy pidiendo que hagas algo por mí? Lo único que hago es dar a conocer mis trabajo mediante las herramientas que tengo a mi alcance. Si no te gusta lo que escribo lo tienes fácil...

Es más, me parece que postear una historia para que la gente la lea gratuitamente ya es participar. Al menos a mí me lo parece. ¿O sólo se considera participación el hablar de autores consagrados y de novelas que ya están al alcance de todo el mundo?

Un saludo,

Arawna

1
Arawna

5

Jesse Avalon, tumbado sobre la hierba, observaba con curiosidad como un enorme cuerpo oscuro descendía por el cielo ocultando las estrellas a su paso. Lo observó con más atención al parecerle que aquello —fuera lo que fuese— iba creciendo, y se levantó rápidamente al comprobar que crecía cada vez a mayor velocidad; aquella cosa era gigantesca, y trazaba una curva descendente en su dirección. Maldijo y empezó a alejarse, desnudo como estaba, de su trayectoria. Ya corriendo, lanzó una mirada por encima del hombro derecho y horrorizado soltó un gritito al ver que habían desaparecido todas las estrellas que segundos antes flotaban sobre su mansión. Y entonces, en el instante que precede a un suspiro, la mansión saltó por los aires envuelta en una gran explosión que iluminó la noche. Metal, piedra y fuego volaron en todas direcciones, y la brutal onda expansiva catapultó a Jesse por los aires, que acabó golpeándose contra el tronco del ciprés de Leyland del que tan orgulloso había estado su padre. Jesse quedó inmóvil en el suelo, con la mirada fija en las llamas que se alzaban entre los escombros de lo que minutos antes había sido la mansión familiar hasta que perdió la consciencia.

Mientras tanto en la ciudad los disturbios iban en aumento, y los primeros “saltadores” empezaban a abandonar sus cubículos por las ventanas. Y en los cuarteles, repartidos por los distintos distritos, las unidades NeoPOL recibían órdenes de sus superiores y se mentalizaban para la que había de ser la peor noche de sus vidas.

P

Un consejo... no es mío, es de un escritor llamado Javier Negrete con el que una vez tuve la suerte de conversar:

Nunca describas con adjetivos demasiado concretos algo.

Es decir, si algo es "gigantesco" NO escribas que es "gigantesco", da una noción de cómo se sentía el observador al verlo y da nociones para que el lector piense por si mismo "joder, es gigantesco", pero no escribas TU mismo directamente que algo es gigantesco.

Lo mismo, por ejemplo, si vas a describir a un hombre muy malvado. NO digas "el hombre era muy malvado, realmente malo". No... alárgate un poco contando las maldades que hacía y que sea el propio lector el que acabe pensando "joder, este tío realmente es malvado", pero no nombres tú la palabra malvado, no sé si me explico.

Cúrratelo un poco para que no sea tan explícita la narración, que sea un poco más... emocional. Por ejemplo, es mucho más efectivo, al describir algo, lo que sea, explicar cómo se siente uno al verlo que enumerar con todo detalle científico cómo es, ¿me sigues?

No te lo tomes a mal, son sólo consejos para mejorar tu prosa, no se me ocurre criticar tu trabajo, pero si con ello consigues mejorar sería cojonudo, porque por lo que he leído de tí tienes muy buenas ideas, pero a veces pierden fuerza en la mente del lector precisamente por eso, por ser demasiado explícito.

Arawna

Muchas gracias por tu comentario PENE-trator,

me ha gustado mucho porque nadie me había comentado nunca nada de esto, y lo voy a tener muy en cuenta cuando revise esta historia y a partir de ahora en lo que vaya escribiendo. Veré si los consejos de Negrete -un gran escritor en mi opinión- se pueden aplicar a mi forma de escribir, aunque no prometo nada :)

6

El sistema de suspensión de emergencia de la aeronave había fallado en el último momento y ésta se había estrellado contra el edificio Bilderberg ante la atónita mirada de Carla Wójcik y el resto de sus compañeros de unidad. Sintieron cómo temblaba el suelo bajos sus pies y observaron la violenta explosión antes de que llegara hasta ellos el ensordecedor estruendo, acompañado por una salvaje ráfaga de viento que transportaba polvo y pequeños fragmentos de escombros que les hizo apartar la vista a pesar de la protección que ofrecían sus cascos reglamentarios.

La aeronave, una Fly-Moon Clase Titán con capacidad para dos mil quinientos pasajeros, permaneció incrustada y en llamas en un lateral del edificio a una altura aproximada de seiscientos metros durante lo que a Carla le parecieron unos segundos eternos, en que todas las miradas observaban aquél impresionante espectáculo en mitad de un silencio sepulcral. Pareció que el tiempo se había detenido hasta que, repentinamente, la estructura del Bilderberg no pudo soportar el peso extra de aquella máquina descomunal clavada en sus entrañas y con un ensordecedor e interminable crujido, fue tragado por una inmensa columna de humo y fuego que iluminó toda la ciudad.

Carla oyó la voz de Duke pronunciando su nombre, pero se sentía incapaz de moverse o de hablar: estaba en estado de shock. Sintió que alguien la cogía por un brazo y la obligaba a caminar, alejándola de la calle y de la nube de polvo que avanzaba hacia ellos engullendo todo a su paso por la avenida. Perdió la noción del tiempo y, cerrando los ojos, se dejó llevar arrastrando los pies. Cuando los volvió a abrir estaba en el suelo, recostada contra una pared, y varios NeoPOL —entre ellos Duke— la rodeaban y de espaldas a ella disparaban sus armas y gritaban como locos. Carla Wójcik, incapaz de sentir nada, fijó entonces sus ojos en un punto del suelo y el estallido de las armas y los gritos de sus compañeros se fueron desvaneciendo hasta desaparecer por completo.

Posiblemente, de haber sido capaz Carla de sobreponerse a aquella noche de muerte y destrucción, si su cerebro hubiera aguantado la presión un rato más antes de desconectarse, la unidad Taurus del Distrito 2 de Newark no habría desaparecido en combate.

arkoni

Esto de ir por capitulos es un sin vivir xD esta bien la verdad, me gusta tu trabajo.

Arawna

7

Pasó las primeras dos horas postrado en la cama, con los ojos abiertos y oteando absurdamente en la total oscuridad que lo rodeaba. Si no fuera por el colchón que sentía debajo, a su espalda, habría pensado que se encontraba flotando en medio de ninguna parte, en un espacio infinito sin estrellas o sencillamente muerto.

Sin duda Aaron Larkin tenía razones para sentirse deprimido. Toda la vida había sido un don nadie, un fracasado, el último en todas las colas. El bola de sebo del que se reían hasta los niños. Y justo entonces, cuando estaba a punto de demostrarles a todos que él también podía ser alguien, justo cuando le quedaba tan poco para terminar la programación del avatar-widget que revolucionaría el concepto de Realidad Virtual, el destino se la jugaba una vez más alargando su agonía con aquellos apagones sin sentido.

Trató de no pensar y cerró los ojos. Quería dormirse hasta que reactivaran el suministro eléctrico; permaneciendo despierto por más tiempo con sus amargos recuerdos como única compañía sólo lograría que le diera otro ataque de ansiedad, como el que sufrió durante el Primer Gran Apagón. Pero no tenía sueño y empezó a ponerse nervioso, y al fin decidió levantarse y a ciegas caminó hasta la puerta que conducía al exterior de su cubículo. No tenía claro su propósito, pero sentía que debía salir de allí. Con una mano sudorosa activó el sistema de apertura y salió al pasillo que cruzaba el edificio, iluminado a través de los amplios ventanales por la luz de las estrellas. Hacía más de un año que no pisaba aquél suelo enmoquetado y tentado estuvo de dar media vuelta, pero la sóla idea de volver a internarse en las tinieblas sofocantes de su cubículo le dio fuerzas suficientes para seguir adelante.

De repente, cuando ya estaba en mitad del pasillo, un grito llamó su atención y le obligó a volver la vista hacia el exterior, justo a tiempo para ver cruzando frente al ventanal un cuerpo precipitándose al vacío. Segundos después otros “saltadores” le siguieron, y Aaron Larkin observó el espectáculo en silencio, preguntándose qué impulsaba a aquellas personas a quitarse la vida de aquél modo. Él podía ser un fracasado, pero sentía mucho apego por su vida.

Transcurridos dos minutos, cuando creyó finalizado aquél macabro goteo de suicidas, reanudó la marcha a lo largo del interminable pasillo y poco después detuvo sus pasos frente a las puertas dobles del primer ascensor y comprobó que, evidentemente, no funcionaba. Observó el panel de control un momento y apretó algunos botones sin que sucediera nada, y sintiéndose idiota se alejó de allí cabizbajo, murmurando para sí. Contó quince pasos antes de llegar a las escaleras, que descendían adentrándose en las tinieblas. No lo tenía claro; quería llegar a la calle a pesar de que sabía que lo que encontraría no sería agradable, y para ello tenía que bajar nada más y nada menos que ciento doce pisos a pie. ¿Cuánto llevaba sin hacer el más mínimo esfuerzo físico? No lo recordaba, pero sabía que aquél descenso iba a tomarle un buen rato y a dejarle extenuado y sin fuerzas para volver a subir si surgía algún imprevisto. Volvió la vista atrás y observó el pasadizo enmoquetado, impoluto y aséptico, con los altos ventanales acristalados anti-rotura a la izquierda y la hilera de puertas de metal, todas idénticas excepto por los números, a la derecha. De repente se sintió extraño, fuera de lugar, y durante unos segundos se apoderó de él el impulso de correr de vuelta a la seguridad de su cubículo. Pero se contuvo. Nunca antes había sentido miedo de sí mismo y ahora estaba aterrado por culpa de pensamientos extraños que jamás se le habían pasado por la cabeza. Se decía a sí mismo que lo más inteligente era dar media vuelta y regresar antes de que fuera demasiado tarde, pero al mismo tiempo una voz en su interior, que sonaba cada vez con más fuerza luchando por imponerse, le instaba a bajar aquellas escaleras. Sintiéndose súbitamente mareado se apoyó en la baranda y se deslizó suavemente hasta terminar sentado en el suelo, su voluminoso trasero descansando sobre la moqueta sintética.

Habrían de pasar dos horas más hasta que Aaron Larkin se levantara y empezara a bajar aquellos ciento doce pisos con una determinación inusitada e impropia en él.

Arawna

8

Jesse Avalon contemplaba conmocionado el monstruoso montón de escombros en que se había convertido su casa y la enorme aeronave envuelta en llamas y humo negro que descansaba encima, aplastada como una gigantesca lata de Coca-cola deshechada. Por el resto del jardín, en un radio de unos trescientos metros alrededor del lugar del siniestro, había esparcidos por la hierba restos del vehículo y de lo que hasta un par de horas antes había sido su hogar. Algunos de estos ardían también, iluminando la zona como si fueran antorchas puestas ahí con ese propósito. Si no fuera porque estaba solo y porque en lugar de música solo se escuchaba el silbido del viento y el crepitar del fuego, habría podido pensar que estaba celebrando una de sus famosas fiestas.

Permaneció en pie durante un buen rato junto al ciprés de Leyland que su padre había plantado el mismo día en que nació, tan desnudo como entonces. Resultaba curioso, incluso podría decirse que divertido, comprobar como el destino jugaba con los detalles que configuraban la vida de uno para retorcerlos y entrecruzarlos en los momentos más inesperados o, mejor dicho, los más oportunos. “El destino es oportunista, hijo”, habría dicho seguramente su padre en un momento como ése. A Jesse Avalon padre, propietario de Industrias Avalon, siempre le había gustado soltar frases de ese estilo, contundentes y pretenciosas, aún cuando no vinieran a cuento.

Cuando empezó a sentir frío se acordó de su desnudez, y con la mirada buscó entre los restos que yacían esparcidos a su alrededor el montón donde había dejado la ropa que se había quitado un rato antes. Maldijo para sí cuando lo descubrió debajo de un enorme trozo de plástico negro que se retorcía entre las llamas, probablemente la mesa AKËIA que había comprado dos meses atrás, y corrió hacia allá y luchó como pudo por recuperar algo con lo que cubrirse, pero aquella noche la suerte no estaba de su parte; solo se habían salvado del fuego y el plástico fundido los calzoncillos, las botas, un calcetín y una camisa de manga corta, aunque ésta última había quedado bastante deteriorada. Se vistió con lo que tenía y echando una última mirada a los restos de su hogar cayó en la cuenta de que aquella noche había perdido todo lo que había ido acumulando a lo largo de toda su vida: recuerdos de su infancia, de sus viajes, regalos de amigos y fans, la colección de instrumentos musicales que había heredado de su abuelo y que había ido ampliando con los años... El seguro se encargaría de pagar, pero jamás podría devolverle los sentimientos que despertaban ni el significado que para él tenían muchos de aquellos objetos que en esos momentos eran devorados por el fuego.

Con resignación y el corazón encogido, Jesse Avalon se despidió en silencio de su ya inexistente hogar y emprendió el camino de piedra que cruzaba el jardín hasta las grandes puertas que daban al exterior del recinto. El único lugar al que podía ir, sin documentación y con aquél aspecto deplorable, era al piso de su madre, y para ello tendría que cruzar media ciudad; una ciudad que se había convertido en una zona de guerra a juzgar por los gritos y el eco de las detonaciones y de los disparos que el viento arrastraba hasta allí. Sería un viaje peligroso, pero suponía una alternativa a la muerte por congelación. La única alternativa, de hecho. Respiró profundamente, se frotó las manos, y aceleró el paso.

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