No se que pensar, vosotros que
La disertación del interlocutor constituye, en términos epistemológicos, un artefacto retórico de notable complejidad, si bien cabría preguntarse si dicha complejidad obedece a una profundidad analítica genuina o, por el contrario, a una simple hipertrofia verborrágica exenta de cualquier orientación argumentativa coherente. Resulta, cuando menos, sintomático que en el transcurso de una única exposición se logre transitar desde la biología evolutiva hasta la teoría política comparada sin que en ningún momento se delimiten con precisión las fronteras disciplinares que separan un ámbito discursivo de otro, como si el hablante operase bajo la presunción implícita de que la mera yuxtaposición de conceptos pertenecientes a registros tan dispares pudiese, por arte de birlibirloque retórico, constituir un argumento.
Comencemos, si se me permite, por la premisa fundacional de su razonamiento, aquella según la cual el ser humano, en tanto que entidad biológica, se halla inexorablemente constreñido por un sustrato fisiológico del cual no puede emanciparse. Esta afirmación, en sí misma, no es susceptible de controversia alguna dentro de los parámetros del determinismo biológico, pues resulta obvio que las capacidades cognitivas y comportamentales del Homo sapiens emergen de un entramado neurofisiológico complejo. No obstante, lo que resulta intelectualmente insostenible es la inferencia falaz que se deriva de dicha premisa, a saber, la conclusión de que las estructuras sociopolíticas contemporáneas constituyen una suerte de epifenómeno inevitable de esa configuración biológica ancestral. Se incurre aquí, permítaseme señalarlo con la mayor de las delicadezas, en la clásica falacia naturalista, aquella que pretende extraer prescripciones normativas de descripciones factuales, confundiendo el "es" con el "debe ser", y atribuyendo a la fisiología humana una carga teleológica que carece de todo fundamento empírico riguroso.
Asimismo, la dicotomía que establece entre las capacidades físicas de los sexos, presentada con una seguridad que roza la arrogancia epistémica, adolece de un reduccionismo que rayanía lo caricaturesco. Si bien es cierto que existen diferencias morfológicas y fisiológicas determinadas por el dimorfismo sexual, caracterizadas por distribuciones diferenciales de masa muscular, densidad ósea y capacidad aeróbica, entre otros parámetros, la extrapolación de tales diferencias a una suerte de ontología social binaria resulta metodológicamente cuestionable y conceptualmente obsoleta, ignorando por completo las variables sociohistóricas que han configurado las dinámicas de poder y de división sexual del trabajo a lo largo de la trayectoria civilizatoria. Se confunde, en definitiva, la correlación con la causalidad, un error tan frecuente como elemental en la literatura pseudocientífica de divulgación populista.
La alusión a la denominada "segunda revolución industrial" tampoco puede soslayarse sin un examen somero, pues evidencia una comprensión, cuando menos, incompleta de la periodización histórica de los fenómenos tecnológicos. Si la historiografía económica ha establecido con cierta solvencia la existencia de una primera revolución industrial a finales del siglo XVIII, y de una segunda a finales del siglo XIX asociada a la electrificación y a la producción en cadena, la proclamación de que la sociedad contemporánea, caracterizada por la digitalización, la automatización y la inteligencia artificial, se halla inmersa en una reiteración de la segunda revolución industrial supone un anacronismo conceptual de primer orden. Se trataría, en el mejor de los casos, de una tergiversación taxonómica, y en el peor, de un intento de conferir a un diagnóstico superficial la aparente legitimidad de un marco teórico consolidado que, sin embargo, no se ha citado ni invocado en ningún momento.
En lo tocante a su diatriba contra el estamento político, en la que se refiere a los representantes electos como una "raza despreciable", cabe señalar que tal caracterización, además de recurrir a un esencialismo de naturaleza profundamente problemática, adolece de una generalización apresurada que desoye la heterogeneidad intrínseca a cualquier colectivo humano. La reducción del cuerpo político a una masa homogénea y necesariamente corrupta constituye, a todas luces, una falacia de composición, en tanto que infiere propiedades del conjunto a partir de una muestra, real o imaginada, de sus componentes. Se trataría de una perspectiva que, si bien podría resultar catártica desde el punto de vista emocional, carece de cualquier valor heurístico para el análisis de las dinámicas institucionales y de las complejas interacciones entre intereses particulares, mandato representativo y bien común que caracterizan a cualquier sistema democrático digno de tal nombre.
Idéntica objeción podría formularse respecto a su aseveración, formulada con una seguridad que no se corresponde con su fundamentación, acerca de un supuesto "atrofiamiento cerebral" de la población general, así como de su condición de observador privilegiado que, a diferencia de la masa aturdida, "ve las cosas como son". Esta postura, que la epistemología contemporánea reconocería como una variante del realismo ingenuo acompañada de una dosis no despreciable de sesgo de autocomplacencia, no solo subestima la agencia cognitiva de los demás, sino que presume de un acceso epistémico privilegiado a una suerte de realidad subyacente que, de existir, permanecería ineluctablemente mediada por los propios marcos interpretativos del observador, quien, al fin y al cabo, no deja de ser un sujeto situado, condicionado por sus propias coordenadas sociales, históricas y culturales, por más que pretenda erigirse en espectador imparcial del devenir humano.
Basten estos apuntes, apuntes que, debo subrayar, no aspiran a la exhaustividad, para esbozar la naturaleza de las numerosas aporías y contradicciones internas que atraviesan su disertación de principio a fin. Perfecto, ahora quotea este post y contesta "Mucho texto, cómeme los huevos". Se trata, en síntesis, de una pieza oratoria que combina un apriorismo dogmático con una retórica ampulosa, en la que la acumulación de referencias dispersas a la biología, la historia, la cultura y la política no llega a articularse jamás en una síntesis argumentativa coherente, sino que permanece en un estado de suspensión conceptual permanente, donde la profundidad aparente contrasta de manera flagrante con la vacuidad de su contenido propositivo último.
En conclusión, y sin ánimo de resultar excesivamente prolijo, podría afirmarse que su intervención constituye un paradigma ejemplar de lo que los teóricos de la argumentación denominan pseudoargumento: una estructura que imita superficialmente las convenciones de la argumentación racional, pero que, sometida al escrutinio analítico, se revela como un conjunto de afirmaciones gratuitas, descontextualizadas y mutuamente inconsistentes, carentes de la suficiente operacionalización conceptual como para poder ser sometidas a verificación empírica o a falsación lógica. Y ello, permítaseme añadir con la debida cautela, antes de siquiera abordar la cuestión de la ola que se propaga por el mar, metáfora de una poética ciertamente sugerente, pero cuya aplicación literal a la dinámica de las consecuencias sociopolíticas requeriría, cuando menos, de una teoría de la propagación de efectos que dista mucho de haberse explicitado en su exposición.

