Imaginémonos a un señor con obesidad mórbida. Con 250kg medio postrado en una cama, luchando por respirar y totalmente adaptado a la insalubridad de su estado actual.
El obeso tiene que ir al médico cada cuatro años.
Cuando vas a la clínica ves que hay muchos doctores y eliges el que quieres. Cada uno te ofrece un enfoque distinto para solucionar tu evidente problema de sobrepeso.
El primero te dice que tu problema es de autoestima, que estás bien con 250kg, que nadie debería juzgarte y que solo necesitas terapia para asimilar tu obesidad de una forma resiliente y estoica.
El segundo te dice que tu problema es que no vistes bien. Te recomienda un modista y un sofá reforzado para estar más cómodo postrado en casa.
El tercero te dice que estás estupendo, que él recomienda a la gente que viene sin obesidad ponerse a comer donuts para que todos seamos iguales.
El cuarto te dice lo mismo que el primero y lo refuerza con lo que te dice el segundo.
El quinto te dice que él odia a los flacos y estás estupendo, que no hay de qué preocuparse.
El sexto doctor te dice que tienes que hacer actividad física, comer bien con una dieta estricta, hacerte análisis periódicos, abandonar hábitos insanos... básicamente hay que hacer un sacrificio de varios años para conseguir resultados que ahora cuesta mucho, duele mucho... pero es necesario.
El año que viene, cuando tenga que volver al médico, pocos son los que elegirían la sexta opción, la que de verdad cura el problema, la más dura. Como es impopular, llega un punto donde ese doctor deja de ofrecer servicios.
Aquí nacen las autocracias. Cuando la democracia no puede garantizar que el pueblo elija lo que necesita el país porque los políticos sencillamente no dan esa alternativa.
Lo que España y Europa necesitan ahora dista mucho de lo que el electorado quiere oír. No existe el equilibrio entre salir re-elegido en unas elecciones generales cada cuatro años y tomar medidas necesarias a largo plazo que joden a la gente. Medidas necesarias para arreglar un problema estructural de base cocinado durante décadas que ya nadie quiere asumir porque significaría su tumba electoral.
Y así estaremos, vistiendo mejor y convenciéndonos de que todo va bien hasta que un extranjero con los abdominales marcados nos pegue un tiro o sencillamente nos de un infarto y nos caguemos encima.