En los últimos meses he visto varios vídeos por internet que me han hecho dudar seriamente de si eran reales o generados por IA. Y al hilo de esa duda, me ha surgido una reflexión que me gustaría compartir aquí: ¿de verdad estamos ante un problema nuevo? ¿O simplemente estamos viviendo una versión moderna de algo que ha existido siempre?
La mayoría de debates sobre la IA giran en torno a un temor central: “ya no podremos saber si lo que vemos o escuchamos es real”. Pero si lo pensamos bien, eso nunca fue una garantía en la vida real. Desde que el ser humano es ser humano, convivimos con rumores, exageraciones, malentendidos y mentiras directas. Cada día alguien podría decirnos algo falso, y aun así las sociedades funcionan. ¿Cómo? Porque siempre hemos vivido gestionando la incertidumbre sobre la verdad, no eliminándola.
Cuando alguien nos cuenta algo, no tenemos un “certificado de autenticidad” que garantice que es cierto. Lo que hacemos es evaluar si lo que nos dice es plausible, si la persona suele decir la verdad o suele mentir, si encaja con lo que sabemos del contexto o si, simplemente, nos interesa creerlo o no. Es decir, asignamos un grado de credibilidad, no certeza absoluta. Y sin embargo, nadie considera que esto sea un problema estructural que deba regular el Estado. Mentir no es delito en la inmensa mayoría de contextos, y aun así las sociedades siguen adelante sin derrumbarse. ¿Por qué, entonces, debería ser distinto con la IA?
Es cierto que la IA introduce factores nuevos: la velocidad con la que un contenido puede viralizarse, la facilidad para generar imágenes o vídeos muy verosímiles y la escala masiva. Pero en el fondo, el mecanismo humano para evaluar la verdad no cambia. Lo que cambia es el canal, no la psicología.
Quizá la solución no sea perseguir legalmente cada contenido generado por IA ni exigir etiquetas obligatorias en todas partes, sino asumir que hemos entrado en una etapa en la que la credibilidad se gestiona igual que siempre: con sentido crítico, reputación de las fuentes, y un sano escepticismo cuando algo parezca demasiado perfecto o demasiado conveniente.
Así como aprendimos a convivir con el hecho de que cualquier persona pueda contarnos algo falso en cualquier momento, también aprenderemos a convivir con imágenes y vídeos generados por IA. La adaptación social es inevitable y, probablemente, suficiente.
No necesitamos un mundo donde el Estado garantice que todo lo que vemos es cierto, porque ese mundo nunca ha existido. Lo que necesitamos es seguir haciendo lo que ya hacemos: elegir qué creemos y qué no, sabiendo que la verdad nunca ha sido un terreno completamente seguro… y aun así, aquí estamos.
