Bueno, pues yo conducía de pequeño la furgoneta sin dirección asistida de mis padres, por los caminos del campo, y había un pequeño camino asfaltado.
Amigos que se sacaron el carnet no sabían conducir la furgoneta; decían que no podían mover el volante. Y yo, mientras tanto, conduciendo el tractor de mi padre o la furgoneta.
Bueno, pues soy muy perro, pero al final con el teórico me puse serio y lo saqué a la primera. Luego viene la práctica: aburridísima, ir todo tan estricto, acostumbrado a conducir como una persona normal cuando ya llevaba cinco años de experiencia llevando vehículos de cuatro ruedas.
Como hay pocos examinadores, vamos dos coches, con tres alumnos en cada coche. Yo estaba súper tranquilo.
Llega la hora de empezar y me dejan para el último. Suspenden al primero en cinco segundos, suspenden al siguiente en quince segundos, suspenden al siguiente en diez segundos… suspenden a todos en menos de treinta segundos. Hostias, ya mi cabeza empezó a rayarse y ya no estaba tan tranquilo.
Hice los 45 puñeteros minutos y el examinador estaba contento, pero de los nervios se me había dormido el pie derecho. Aun así, con mucho esfuerzo y disimulo lo seguía moviendo, pero haciendo un esfuerzo enorme. Ya habían pasado los 45 minutos, así que el examen estaba a punto de terminar; pensé: “no pasa nada, aguanta un poco más y lo apruebo”.
Pero en una cuesta empinada, y con el pie dormido, subí en primera y abrí la boca:
—“Mejor en primera, que le cuesta un poco al coche”.
Vi por el espejo la mala cara del examinador.
Mierda, este me suspende. Pasó de estar contento a tener una cara de mala hostia.
Así que hice los stops pegando la cara al cristal para que no me suspendiera en un stop. Pues en el primer stop después de soltar mi frase no pasó nada, pero 50 metros más adelante, en el siguiente stop —haciéndolo bien y teniendo visibilidad de sobra de toda la calle— me suspendió porque en el ÚLTIMO stop, cuando ya habían pasado los 45 minutos, me puso falta. Era un stop facilísimo. Me suspendió porque, de mis dos paradas en el stop para asegurarme de que tenía visibilidad, dijo que era falta de visibilidad.
Me lo comentó mi profesora, que era una buena bicha. Le pregunté por qué tenía tantas faltas leves y me respondió “regular” y no me lo explicó.
En el segundo examen no me acuerdo bien, pero sé que fue por otra tontería como un templo, y otra vez un montón de faltas leves que la profesora se negó a explicarme por qué.
Así que me cambié de autoescuela y, en la primera práctica, el profesor me comenta que en un giro en un cruce no puedo levantar el embrague tan rápido. Aunque lo haga todo el mundo así, tengo que subir el embrague hasta la mitad y, cuando ya estoy completamente en mi carril y ha pasado un segundo, entonces terminar de soltarlo. Parece que eso era lo que la profesora no me quería explicar: el motivo por el cual tenía tantas faltas leves.
En el tercer examen íbamos tres. Suspendieron a los otros dos por tonterías y yo aprobé. El profesor me dijo que lo hice perfecto, que en todas las clases que di nunca lo había hecho tan bien.
¿Y cómo hice las clases con él para que me dijera eso? Cuando tenía dudas lo hacía a propósito como peor era, para que me explicara por qué no se tenía que hacer así. Y así me resolvía la duda sin tener que preguntarlo directamente y parecer un pesado.