Desciende, calvo.

Tinderiano

Espero que continúen. Es raro encontrar algo tan bueno en este decadente lugar de Internet. Gracias.

Pd: espero también que no se sienta usted como un patán por mis halagos a su sensibilidad, está lejos de serlo.

2
17 días después
C

Como decía en el fragmento anterior, una de las más destacadas peculiaridades de mi atípico ánimo era la de sentir la confortable certeza de que en cada momento, como si anudado a la altura del plexo solar por la cuerda del destino, transportado sería -siempre que no me resistiera a ello- hacia donde debiera verdaderamente encontrarme.

Por ejemplo, de hallarme callejeando con mi prima, cuando muy pequeño, por el barrio de nuestros abuelos, observar de pronto una caricia de la brisa a la copa de un árbol anaranjado por el volcarse del atardecer en la lejanía bastaba para que abandonase en el acto cuanto estuviera realizando y me dejara arrastrar hacia allí, tal y como lo hubiera hecho un personaje de dibujos animados al verse sorprendido por el olor de una tarta que se enfría en el alféizar de su némesis.

Mi prima, cuyo padre (personaje oscuro y extraño al que admiré secretamente -pues en mi familia lo detestaban- durante toda mi infancia), había muerto poco atrás -cuando tenía ella seis años; yo, cinco- de manera repentina a causa de un coágulo cerebral con el que los demás quisieron excusar retroactivamente sus censurables actos -como, por ejemplo, el de divertirse aterrorizándonos a ella y a mí con fabulosas historias sobre Dios y los demonios que, oponiéndosele, poblaban la tierra y nos perseguían por ser rubios y seráficos-, se echaba a reír nerviosamente en aquellos momentos y se ponía a repetir mi nombre como si tratara de despertarme de un profundo letargo.

Más tarde contaba a todos el suceso con actitud desdeñosa, como si en una ridícula representación mía para asombrarla hubiera consistido mi conducta. Mofándose invariablemente de, lo que según decía, eran niñerías que yo hacía por verme enamorado de ella sin remedio y no ser fecundo ni diestro, por tontorrón y baboso, en ardides amatorios; cosa incierta por entero e irritante de oír como ninguna otra, puesto el odioso coro formado por el resto de mis primas -durante muchos años fuimos únicamente dos los varones en la parte joven de la familia, y tan mayor era el otro con respecto a mí que rara vez nos juntaban- batía sus mandíbulas al unísono con complacencia al ser informado de mis -supuestos- torpísimos actos de galán, y jamás faltaban silbidos y comentarios injuriosos con los que afearme la conducta alabándola socarronamente.

Cuando alguien me pregunta que a qué edad perdí la virginidad, nunca sé qué contestar; pues, a eso de mis seis o siete años, los siete u ocho suyos, mi prima y yo no dejábamos de jugar a desnudarnos y a juntar y encajar nuestras pequeñas piezas. Juego que, por cierto, había ideado ella y que, contrariamente a mi parecer -a menudo debía ser chantajeado o amenazado para que superara mi reluctancia a participar en él-, era por lo visto no únicamente divertido, sino el predilecto incluso de los adultos.

A eso de mis doce años, habiendo transcurrido tanto del último de nuestros pasatiempos, practicado en la semioscuridad de una tarde rabiosamente ardorosa e interminable del estío en que nos habían pillado y reprendido -a ella, de hecho, la habían molido a varazos con una regla de madera empleada en el oficio de la costura-, que ya ambos debíamos fingir recordar nada de aquello, sí que me descubrí un día, para mi propia sorpresa, de ella encandilado.

Ocurrió en una época en que recién había descubierto yo el tan extendido placer por la práctica onanística. Una mezcla entre serendipia y el vago recuerdo de las, por otra parte, no muy precisas indicaciones que, cursos atrás, triunfal y con un panfleto de incierta procedencia en las manos que describía lo fundamental de esta artesanía, nos había ofrecido a los muchachos del colegio uno de nuestros compañeros al que llamábamos El Pichón -y cuyo rasgo más pintoresco era que siempre respondía a la clásica pregunta <¿qué quieres ser de mayor?>, que frecuentemente nos formulaban los adultos, con un rotundo: <cachondo mental>, para escándalo de profesores y mayor regocijo de quienes lo escuchábamos-, me puso en el camino de la perdición una tarde en que intrusivas imágenes de los sobredimensionados senos de mi maestra en la academia de inglés -¿Mónica se llamaba?- irrumpían en el ojo de mi mente y me impedían el pensamiento.

Desconocía yo el significado de aquella fijación por el moreno rostro, los labios, los ojos oscuros, los rizos densos y, sobre todo, por el pecho enclaustrado en un jersey amarillo demasiado estrecho para tan hercúlea como sublime enmienda. En mi imaginación, sólo recorría hasta el desmayo la lista de estos atributos, sin saltarme uno solo, pero sin figurarme -cosa impensable- que podía darse interacción alguna entre yo y ellos; salvo en las ocasiones en las que en mi interior se acrecía el antojo de dentellear la carne rememorada, y por lo que sin querer acababa por herirme el deltoides izquierdo.

Gradualmente iban sumándose nuevas paradas a mi desbocado trayecto: un vistazo al maléolo que emergía de los pantalones ajustados a las tibias me obligaba a experimentar con un nuevo recorrido que también bajaba por la curva de las piernas, a agostar los rincones y profundidades de la incompleta anatomía cuyo misterio buscaba resolver a base de sonsacar con estrangulaciones los arcanos encerrados en mi propio cuerpo.

¡Qué éxtasis incomparable conocía en aquellas sesiones! Jamás he experimentado otro igual. A menudo me ponía de rodillas y clamaba: ¡Dios! ¡Agárrame la polla, Dios! Ahora temo, sin saber por qué hacía yo esto, pues en aquel entonces era ya ateo, que se escucharan mis voces desde las otras habitaciones.

Para mí, nada en este ritual tenía asociación con lo que sabía del sexo, con lo que de él había experimentado, con otro ser, con nada; para mí estaba circunscrito a sí mismo, era perfecto, apenas si requería más de lo que ya poseía. No lo acompañaba más que el ansia voyeurista del conocimiento de la forma. Era una labor de exclusiva exploración intelectual. Tan pronto como el sexo se hizo habitual en mi vida y sus misterios empezaron a extinguirse, quedé totalmente ahíto de él y jamás logré disfrutarlo.

Lo único similar que he experimentado en la vida adulta es el dibujo. Al menos hasta que me volví lo suficiente ducho en él como para que de nuevo quedase herido de muerte el goce que de su práctica derivaba.

Pero aún duraba esta primera luna de miel un día en que, con el pretexto de visionar un partido del Real Madrid Castilla -comprenderán ustedes el limitadísimo interés que puede suscitar tal encuentro-, me ahorré el tener que acompañar a los adultos en sus compras. Reluctantemente accedieron, ante mis quejas de que me perdería evento deportivo de relevancia tal, no sé si suficientemente inflada con mis hipérboles, a dejarme solo en el piso de mi tía. No obstante, mi ya mencionada prima, que en principio parecía ilusionada con participar de la familiar práctica del consumismo en el ilustrísimo centro comercial próximo a su domicilio, encontró de pronto cuantos óbices e impedimentos podían hallarse para abandonar el hogar y, dado que se hacía agravio comparativo si se me consentía a mí el quedarme y no a ella, hubo de claudicar su madre y dejarla atrás en mi compañía.

Tras largos silencios interrumpidos por torpes simulacros de conversación, mi prima, a la que podríamos llamar M., sentenció, toda arrebolada, que sentía asco de sí misma aquel día, por motivos que a mí me eran insondables, y que se veía en la necesidad de tomar una ducha. Accedí a que se marchara, ya impaciente por verme solo; y, tan pronto como empecé a escuchar el canturreo del agua, me entregué a la disciplina meditativa que tanto me entusiasmaba, cubierto casi hasta el pecho por la ropa de la camilla y con una insulsa demostración futbolística de fondo en la que muy de vez en cuando reparaban mis pupilas en sus anárquicos bizqueos.

Cuál no sería mi sorpresa cuando vi aparecer a mi prima bajo el dintel de la puerta toda mojada, enfundada en una toalla de pequeñas dimensiones y jadeante.

-He escuchado un golpe.

Yo no había escuchado golpe alguno, y así se lo hice saber con la débil voz que mi corazón, a mi boca aupado, me permitía articular.

-Tengo miedo de todas formas. Ven conmigo y vigila mientras me ducho.

Tal y como me tenía asido a mí mismo, me era imposible hacer un solo movimiento sin desvelarme, y no estaba seguro yo de que fuera acto exhibicionista tal lo pertinente en la situación en que me encontraba.

-Deja de ser tan infantil y dúchate tú sola, vives en un sexto, ¿quién podría entrar aquí? – respondí desdeñosamente, pero creo que la sed desesperada de mis ojos, que se clavaban en sus rodillas, húmedas y próximas entre sí, con el deseo enloquecedor de asomarse a lo que sobre ellas estaba oculto por la tela rosada, que envolvía, pero no desmentía, las formas, y por la sombra triangular proyectada hacia el interior de las lechosas pantorrillas de erizada superficie por el frío -¿y algo más?, debía poder descubrirse con facilidad, porque insistió con un tono de herida súplica.

-Vamos, ven conmigo. Por favor.

Con qué violencia pulsaba mi pecho. No veía, no escuchaba, experimentaba un enloquecedor mareo que me instaba a salir de mi escondrijo y a arrojarme a ella, o por la ventana, si su respuesta era el horror. Pero eran precisamente estos latidos los que acrecían más y más mi ápice, que inútilmente luchaba yo por retornar a mis pantalones sin que se hiciera evidente mi esfuerzo.

-¡Largo de una vez! ¡Estoy viendo el partido!

Y, desde aquel día, víctima fui de una fascinación sin remedio hacia ella. De continuo conspiraba para que nos quedásemos a solas, para que percibiera mi excitación en tal o cual palabra o detalle que permitía que se me escapara. Imaginaba mil formas de mostrarme a ella, convencido de que eran de muy buenas e impresionantes dimensiones mis atributos, opinión que ya no mantengo, y que eso la haría caer inmediatamente rendida, de estar en su conocimiento.

Como dormíamos en la misma habitación de tanto en cuando, cada uno, naturalmente, en su camastro -salvo si declaraba ella tener miedo y se acurrucaba conmigo hasta que ambos ardíamos y estábamos tan inquietos y se hacía ya tan violenta la forma en que nos íbamos rozando para conocer los recónditos ángulos y las tenues curvas, que acabábamos por ahogarnos con el irregular hálito del otro y por hacernos daño -como cuando su pierna aprendió a buscar torpe y abruptamente el roce de mi pudendo mientras su boca respiraba a quizá un centímetro de la mía-, lo cual derivaba siempre en un torrente de insultos, acusaciones y reproches; por lo que, fuera de mí, entre excitado e iracundo, había de terminar por expulsarla con muy malas maneras de mi lado, razón por la cual ya le gritaba y la instaba a callarse y a estarse quieta preventivamente cuando, otras veces, a principios de la noche, empezaba a hablarme de sus terrores, siempre desencadenantes de estas situaciones- me figuraba yo que bien podrían, en algún momento, enganchárseme por ejemplo los calzones en la esquina de un mueble y que mi enhiesto falo surcara el espacio ante su mirada azul, idea que me llevaba inevitablemente al éxtasis en mis meditaciones.

El tabú, el miedo, el asco, eran, no obstante, insalvables. Siempre lo fueron.

Un día, llegué a casa de mis abuelos, donde residía con su madre y su hermana los fines de semana desde la muerte de su padre, y donde se encontraba este dormitorio que digo que a veces compartíamos. Llovía. Quise ir corriendo al baño, puesto me orinaba ya desde que me había subido al coche -y había, para ello, de atravesar el reducido el patio, aún no techado, en que se derramaban las nubes-, mas encontré que estaba ocupado.

A través de la translúcida cristalera, se distinguía cómo una sombra secaba parsimoniosamente sus extremos. Di una fuerte voz para que se apresurara en su tarea quien allí se encontrara, sin dejar de deleitarme con el borrón, que pronto empezó a agrandarse y a volverse más del color de la carne y menos oscuro, más concreto y menos difuso. Se abrió una rendija.

Allí estaba, el agua caía sobre mí, yo la miraba atónito, y parecía como si ella no me viera, estaba desnuda, sus ojos claros se habían hecho a un lado, sólo me atravesaron por un instante, fijándose en algo a través de mí. Yo la contemplé sin dar crédito a la visión que tenía delante, pero una voz me sacó del ensimismamiento:

-Se está duchando la prima.

Era mi abuela. Temeroso de que descubriera lo que hacía, puse a trabajar a mi cerebro en búsqueda de cualquier clase de justificación. No era necesario, me percaté de que la puerta se había cerrado a tiempo, no había forma en que supiera qué tesoro había hallado yo en aquel diminuto espacio entre la hoja y la jamba de aluminio. M. jamás mencionó el asunto. Su rostro durante aquellos segundos parecía el de una sonámbula, a veces me pregunto si recordará haber actuado así; y, de hacerlo, si hallaría similitud con mis propios actos de la infancia, que ella tomaba a risa.

Tanto se mofaba de mi peculiar proceder, como en sueños, y quizá experimentaba lo mismo. Creo yo recordar con suma claridad cada uno de estos momentos, pero mentirosa es la memoria, e inconsciente de sus fronteras. ¿Cómo de veraz será la suya? Hace mucho que mis sentimientos hacia ella quedaron marchitos, casi ni una amistad nos une, acaso solo un entendimiento tácito de nuestras similitudes, mas no puedo evitar preguntarme si le vendrá a la mente el pasado cuando me dirige la palabra.

Mas ha de servir únicamente de introito esta entrega. Pronto detallaré cómo es que se me presentaban las sincronicidades, el destino, las casualidades, o lo que fuera, siempre en esos momentos de ensoñación. Empezando por el día en que M. y yo observamos cómo explotaba un globo.

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Darkiller

#28 como vas a perder mas pelo si eres calvo

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