¿Causa o consecuencia? Para unos, Sílvia Orriols logró la alcaldía de Ripoll tras la mala gestión de los atentados del gobierno anterior. Para otros, exprimió al máximo el discurso «islamófobo» y se «aprovechó» del 17-A para llegar al poder. Sea como fuere, lo cierto es que esta joven de 40 años ganó las elecciones de 2023 con el 30,8% de los votos y dio un vuelco al tablero político municipal. «Sin los atentados no sería alcaldesa, no hubiera dado el salto a la política», admite desde su despacho en el Ayuntamiento de la localidad.
Nos recibe en una visita exprés, un encuentro pactado a ultimísima hora y en pleno agosto. «He estado tres días de vacaciones, no más», asegura. Sobre el día de los atentados, ese 17 de agosto de 2017, recuerda que «estaba trabajando» cuando le empezaron a llegar whatsapps en los que le decían que los terroristas «eran de Ripoll». «Estaba totalmente desvinculada del mundo político, era administrativa en una empresa privada».
A la pregunta de si sería alcaldesa sin los atentados, responde : «No, evidentemente. No tenía ningún interés en el mundo político, estaba muy cómoda en el sector privado. No me hubiera atrevido a dar el paso adelante si no hubiera habido esta indignación». «Falló la permisividad del mundo occidental ante esta contracomunidad que actúa con total impunidad para ir avanzando programáticamente e irnos modificando nuestra forma de ver el mundo. Se toleraron aperturas de mezquitas que permitían discursos anti occidentales, en contra de nuestros sistemas democráticos y nuestras leyes civiles», abunda cuestionada por la célula de Ripoll. «No se deberían haber dado licencias a todos estos centros que está propagando discursos salafistas».
Se declara islamófoba.
Sí, totalmente. Me da miedo de que el islam avance en Europa, acabe imponiéndose y le dé la vuelta al marco democrático del que gozamos hoy en día y ponga fin a una serie de derechos y libertades que nos ha costado siglos conseguir.
Sobre la delegación de las competencias en inmigración para Cataluña que Junts negocia con el Gobierno, Orriols lo niega: «Es una falacia, España nunca nos dará competencias efectivas en inmigración, precisamente la utiliza para desnacionalizarnos y frenar el movimiento independentista. Es inviable, solo las tendremos el día que Cataluña sea un estado independiente».
Y ante la pregunta de qué medidas tomaría ella misma si pudiera, responde sin dudar: «La expulsión inmediata de todas aquellas personas que han entrado de forma irregular o que han delinquido en nuestro territorio. Y luego, una moratoria en inmigración. Aquí no entra nadie más hasta que no hayamos sido capaces de asimilar todo lo que tenemos, no solo a nivel laboral sino también a nivel cultural, de valores y ética».
Un discurso radical que choca con toda la oposición y que también genera una fuerte fragmentación entre los vecinos del pueblo, divididos entre los partidarios y los detractores. De hecho, el resto de partidos ven de forma opuesta la realidad de Ripoll y también la gestión del 17-A: «El equipo de gobierno actual se ha aprovechado de la situación. Los problemas de convivencia que pueda haber vienen de aquí. Orriols todo el día habla de lo mismo, culpa a la inmigración, genera odio y mal ambiente entre la gente de Ripoll. Excepto esto, el pueblo no ha tenido nunca problemas graves de convivencia, es un pueblo normal. Lo que pasó el 17-A hubiera podido pasar el cualquier otro lugar de Cataluña», asegura el presidente de la sección local de Esquerra en Ripoll, Eudald Casas.
«Ocho años después, es un duelo que no acabamos de cerrar. La formación que gobierna parece que tiene un interés reiterado en reabrir la herida o en hacer asociaciones de ideas entre las comunidades que conviven en Ripoll y esos desgraciados (los terroristas)», dice Enric Pérez Casas, concejal del PSC. «Parece más una persecución que un trabajo efectivo de convivencia, para relacionarse», explica sobre las políticas de Aliança Catalana.
Por su parte, el dirgente de la CUP, Jordi Hostench, acusa a Orriols de «atizar el odio», de «utilizar el dolor», de «no querer pasar página» y de no llevar a cabo ninguna otra política al margen del «señalamiento» y su discurso anti inmigración.
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