Toni, 26 años, Badajoz/Vva
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Nos vemos por #mv.larguero
Pic : Leyenda y sucesor
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No me cabia duda ninguna. En otras ocasiones ya habia estado preso en las redes de un imperativo mas fuerte que yo. Asi me habia sentido veinte años atrás, durante aquella semana en que cada dia paseé hasta el monumento de Provincetown con los pulmones frios como el hielo y las tripas revueltas igual que si las tuviera llenas de gusanos, y una vez ante él, contemplaba aquella pared y me decia, con una tristeza tan grande que parecia que me iba a hacer perder la razón, que se podia escalar. Hasta donde alcanzaba mi vista, habia un asidero tras otro, hendiduras en el cemento y pequeños salientes en los bloques de granito. Podia hacerse, y yo lo podia hacer. Miraba tan fijamente la base de la torre que, por increible que parezca nunca me fije en el voladizo. Sólo pensaba que debia escalar aquella pared. Si no lo intentaba, se apoderaría de mi algo mucho peor que el pánico. Los ataques de terror que padecia en plena noche, cuando mi cuerpo se incorporaba en la cama como movido por un resorte , sirvieron al menos para que sintiera un poco de compasion por todos lo seres a los que vence el impulso irrefrenable de hacer lo que nunca deberia hacerse -tanto si se trata de seducir niños de corta edad como de violar a muchachas adolescentes-, y al menos conocí la pesadilla que arde llameante bajo la estupefacción de aquellos que procuran alejarse de si mismos porque saben que, de lo contrario, ocurrirá una catastrofe. Los siete dias y las siete noches de aquella semana que me pase luchando contra aquella extraña fuerza tan ajena a mí, tratando de convencer a aquella presencia foránea de que no tenia ningun motivo para escalar el monumento, sirvieron asi mismo para que conociera las diversas variedades del aislamiento humano. Para evitar enfrentarnos con el enemigo que vive en la dulce medula de nuestra espina dorsal, bebemos, fumamos marihuana , cocaina, nicotina, tranquilzantes y somniferos, aceptamos costumbres e iglesias , prejuicios e hipocresías , nos dejamos llevar por las ideologías y, sobre todo, por nuestra propia estupidez -¡el mas vital de los aislamientos!-. Conocí todo eso durante la semana que precedió a mi intento de escalar el monumento y consquistar mi indomito yo. En consecuencia, con el cerebro inflamado por las anfetaminas, inclinado en una direccion por la marihuana y en otra por el alcohol, gimiendo en mi fuero interno como un niño nonato que teme morir ahogado antes de encontrar el camino hasta la luz, sintiéndome tan sanguinario como un samurai, emprendí la escalada de la torre y descubrí, por absurdas que parezcan mis conclusiones, que me encontraba mucho mejor despues de haberlo intentado, aunque solo fuera porque las pesadillas que agitaban mi sueño disminuyeron considerablemente.
- Fragmento de "Los tipos duros no bailan" de Norman Mailer -
¿Cual es la medida real de la amistad? Voy a decirselo a ustedes. Es la cantidad de tiempo que uno desperdicia con las desgracias y calamidades de los demás.
A mi modo de ver, la madurez consiste en reconocer también la parte negativa de la vida y asumirla para seguir adelante, intentando ver la parte buena de las cosas.
El misterio es la atractiva condición que algo-un objeto, un acto, una persona- posee cuando lo conoces un poco, pero no del todo. Es la doble promesa de lo desconocido, impresiones, ideas, sospechas... Y hay que ser lo bastante listo para no explorar todo eso en profundidad, pues correrías el riesgo de darte de bruces con los simples hechos.
La experiencia moderna del placer va unida a la certidumbre de que se va a terminar
Desvanecerse como un susurro en el viento significa libertad. Si somos lo bastante afortunados como para ganar tal libertad, aunque la provoquen acontecimientos negativos, deberíamos utilizarla. Es el único consuelo natural que nos es dado, único y soberano, son el apoyo ni la tolerancia de Dios, que no nos deja permanecer invisibles mucho tiempo, ya que se reserva ese estado para sí. Dios no ayuda a los que son invisibles como él.
Esta mañana he salido de los apartamentos a la playa suave y cambiante y he dado un paseo en bañador y sin camisa. Y se me ha ocurrido que un efecto natural de la vida es cubrirse con una fina capa de... ¿qué?, ¿una película?, ¿un residuo de la piel de todas las cosas que has hecho, sido y dicho y en las que te has equivocado? No lo sé. Pero el caso es que durante mucho tiempo nos cubrimos con esa capa y sólo raramente lo sabemos, a menos que por un motivo o una oportunidad inesperados salgamos de ella durante una hora o incluso un momento y nos sintamos repentinamente bien. Y en ese mágico momento uno se da cuenta del tiempo que ha pasado desde que empezó a sentir así. Se pregunta si habrá estado enfermo. ¿Es la propia vida una enfermedad o un síndrome? ¿Quién sabe? Seguro que todos nos sentimos así alguna vez, pues yo no puedo sentir nada que cientos de miles de ciudadanos no hayan sentido antes.
Sólo después, súbitamente, uno se despoja de eso de esa película, de esa piel de vida como cuando era pequeño. Y piensa: así debió de ser mi vida una vez, aunque entonces no lo supiera y tampoco lo recuerde realmente. Es una sensación de viento en las mejillas y en los brazos, de liberarse, de soltarse, de ser el faro que guía a los barcos. Y como no ha sido así durante mucho tiempo, esta vez uno quiere prolongar ese momento resplandeciente, ese aire fresco, esa nueva vida, intentando preservar una sensación fugaz, porque quizá cuando vuelva ya sea demasiado tarde, o sea demasiado viejo. Y la verdad es que ésa será la última vez que uno sienta eso en su vida.
- Fragmentos de "El periodista deportivo" de Richard Ford -
Lezo caminaba a paso ágil sobre el estrecho espacio que los hombres dejaban en la bate-ría. El golpeteo de su pierna de madera en el suelo de piedra impresionaba tanto a los ca-ñoneros, que en ese mismo momento podría aparecérseles una legión de ángeles blancos a sus espaldas y ellos no volverían la mirada.
¿Cuántos hombres sirven en esta batería, capitán?
Cien, señor. Contando los oficiales.
¿Y cuántos de estos cien hombres tienen miedo?
Alderete titubeó:
¿Cómo... cómo dice, señor?
Que cuántos aquí tienen miedo. Dicho de otro modo: ¿a cuántos de sus hombres les preocupa la más que cierta posibilidad de que de aquí no salgan con vida?
Lezo hablaba casi a voz en grito. Lo hacía para que sus preguntas resultaran retóricas. Se dirigía al capitán porque un almirante, ni siquiera el almirante Lezo, no acostumbra, en condiciones normales, a hablar directamente con la chusma. Pero, en realidad, sus pala-bras estaban destinadas a los artilleros. Y los artilleros, consciente o inconscientemente, lo sabían.
¿Cuántos de mis hombres echarán a correr en el momento en el que esos bastardos in-gleses comiencen a cañonear esta posición?¿Cuántos de mis hombres?
Alderete procuró que su voz estuviera a la al-tura de la de Lezo:
Ninguno, señor...
¿Puede jurarlo, capitán? Con la mano so-bre las sagradas escrituras, maldita sea. ¿Puede jurar que ni uno solo de mis hombres echará a correr colina abajo?
¿Qué podía responder Alderete?
Desde luego, señor. Lo juro ante lo más sagrado.
Bien, eso es lo que deseaba escuchar. Mis hombres tiemblan porque son hombres, pero no huyen porque no son bastardos ingleses. Aquí vamos a morir todos, ¿entendido? Va-mos a morir o a salir victoriosos, pero no existen más opciones. Ni una sola.
No había terminado de decir esto último, cuando el navío de línea inglés que se hallaba en vanguardia lanzó una andanada com-pleta. Primero el ruido y luego las balas. Primero la advertencia y luego el desastre.
¡A cubierto! exclamó Alderete al escuchar el sonido de los cañonazos. Han comenzado a disparar. ¡A cubierto!
¡Que nadie se mueva! ¡Todo el mundo quieto en su posición! contraordenó Lezo. ¡Aguantad!
Un instante después, escucharon cómo las balas se perdían en la maleza lo suficientemente lejos de su posición como para estar tranquilos. Sólo una de ellas impactó más o menos cerca e hizo que unas cuantas ramas y astillas cayeran sobre el firme de la batería.
Las primeras andanadas son para que mostremos nuestra posición exacta explicó Lezo. Sólo nos están tanteando.
En ese caso repuso Alderete, ¿no vamos a responder todavía, señor?
Lezo se giró, como impulsado por un meca-nismo oculto, sobre su pata de palo:
¡Por supuesto que vamos a responder! ¡Y no sólo vamos a responder! Vamos a soportar todo el hierro que quieran dispararnos y vamos a responder con fuego continuo desde nuestra parte.
Un segundo navío de línea inglés efectuó una nueva descarga. Esta vez las balas golpearon más cerca. Dos de ellas impactaron directamente en la batería e hicieron saltar por los aires varios trozos de piedra que hirieron a un hombre.
Los cien artilleros mandados por el capitán Alderete aguardaban a que Lezo continuara su discurso. Parecía como si hasta allí hubieran ido sólo con la intención de escuchar lo que el almirante tenía que decirles. Parecía como si la lluvia de balas que pronto arrecia-ría no era sino una circunstancia un tanto molesta pero, en ningún caso, decisiva en torno a los acontecimientos futuros.
Me da igual si estáis casados o permanecéis solteros. Me da exactamente lo mismo si os aguarda esposa, madre, hijas o hermanas. Que comiencen a llorar ya y adelanten traba-jo para más adelante. Y tampoco me importa demasiado si sois leales a España o no lo sois. Lo único que me importa en este mo-mento, lo único que en verdad valoraré de ahora en adelante, es si me sois leales a mí. Es lo único que quiero saber: si estáis conmi-go o no lo estáis.
Lezo hablaba ya directamente a los hombres porque la batalla había dado comienzo y cuando la batalla da comienzo, la chusma deja de ser chusma y se convierte en tropa. Tropa de la que, ahora y de una vez por todas, Lezo extraería una promesa.
¿Estáis conmigo? repitió a voz en grito.
Dos andanadas casi seguidas llegaron desde los navíos de línea que, abajo, corregían len-tamente sus posiciones para ser más efectivos.
Las balas ya impactaban directamente en la batería. Uno de los hombres cayó al suelo y varios se acercaron a él con la intención de auxiliarle.
Aguardo una respuesta, capitán.
Dios santo, almirante, ¡por supuesto que estamos de su lado!
¿Hasta el último de los hombres que hoy va a morir aquí?
¡Desde luego que sí, señor!
En ese caso, ¡a vuestros puestos, maldita sea! ¡No quiero gandules en mis filas! Os prefiero muertos antes que ociosos, y vive Dios que así estaréis antes que finalice el día.
Pero ninguno de vosotros irá al infierno des-asistido: Juro por mi nombre que el honor de los muertos bajo mi mando, bajo el mando de Blas de Lezo, no se agota en esta vida. Va más allá y os acompaña para siempre.
El cada vez más intenso y más certero golpe-teo de las balas comenzó a inquietar a Alderete.
Me he visto en tormentas más peligrosas que esta fina lluvia, capitán dijo Lezo. Pare-cía sonreír en medio del polvo levantado por las balas. Vamos, vamos, esto no es nada comparado con lo que nos espera.
Estoy de acuerdo con lo que dice, señor replicó Alderete midiendo cada una de sus palabras para no parecer irrespetuoso, pero habría que responder ya.
¡De acuerdo! exclamó Lezo haciéndose oír sobre el estruendo de los cañones ingleses. Tan sólo una petición para todos: os ruego con tanta energía como humildad que antes de que vuestro cometido en este mundo haya tocado a su fin, enviéis a pique a todos esos perros sarnosos de ahí abajo. ¡Enviadlos a pi-que ahora!
¡A los cañones! ordenó Alderete gritando para que hasta el último de los hombres le oyera. Vamos a enseñar a esos malnacidos que en esta batería la muerte no asusta a nadie. ¡Aquí luchan los hombres del almirante Lezo!
- Fragmento de Mediohombre de Alber Vázquez -
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